1 Faeshicage

Diferencia Entre Marginalidad Y Pobreza Critical Thinking

Estudios sobre pobreza, marginación y desigualdad en Monterrey

 

Studies on poverty, marginalization and inequality in Monterrey

 

Efrén Sandoval Hernández

 

Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.

 

Resumen

El texto es una revisión crítica de los diferentes estudios que se han desarrollado en el Área Metropolitana de Monterrey sobre pobreza, desigualdad y marginación. Dichos estudios se han caracterizado por una escasa profundidad conceptual y por la ausencia de continuidad que permita hacer comparaciones en el tiempo. Este trabajo revisa los aportes al estudio de la pobreza, la marginación y la desigualdad en el AMM, al tiempo que advierte sobre elementos esenciales para una mejor comprensión de estos fenómenos en una región de gran importancia económica para el país.

Palabras clave: desigualdad, marginación, pobreza, Monterrey, México.

 

Abstract

The text is a critical revision of the different studies carried out in the Metropolitan area of Monterrey on poverty, inequality and marginalization. Said studies have been characterized by a scarce conceptual depth and by the absence of continuity which allows making comparisons along time. This work revises the contributions to the study of poverty, marginalization and inequality in Monterrey's Metropolitan Area (MMA), at the time it warns about essential elements for a better comprehension of these phenomena in the region, which have great economic importance for the country.

Key words: inequality, marginalization, poverty, Monterrey, Mexico.

 

Introducción

Este trabajo debe ser entendido como un estado del arte de los estudios sobre desigualdad, pobreza, marginación urbana y los marginados en el Área Metropolitana de Monterrey (AMM), en el marco del interés académico que recientemente ha surgido por el fenómeno de la pobreza en la región y del protagonismo económico de ésta en el contexto de reestructuración de la economía nacional. Al mismo tiempo, este texto busca establecer algunas líneas importantes en el estudio de la pobreza en la región.

Históricamente, el AMM se ha caracterizado a nivel nacional por su destacado papel en la actividad industrial. A Monterrey se le conoce como una zona de privilegiada situación económica. Sin embargo, pocas veces se subraya el hecho de que la desigualdad económica imperante en la zona ha llegado a ser de las mayores en América Latina. Al mismo tiempo que estas tendencias se han mantenido, desde hace dos décadas la economía regiomontana enfrenta el proceso de reestructuración propio de las políticas a nivel nacional e internacional. Dicho proceso ha traído, entre otros efectos, cambios en la estructura del empleo y la demanda de fuerza de trabajo, flexibilización laboral y aumento en el empleo informal, al tiempo que las oportunidades de empleo se han deteriorado (Aguilar y Escamilla, 2000: 185).

Se puede afirmar que la de Monterrey, al igual que otras zonas metropolitanas de Latinoamérica, es un espacio privilegiado para observar las contradicciones de los actuales procesos económicos y su relación con la estructura social. De aquí la relevancia de estudiar aspectos como la pobreza.

Para conocer la pobreza y a los pobres de Monterrey es necesario remontarnos a los estudios que se realizaron entre 1960 y 1980, periodo en que se elaboró la mayor parte de la literatura sobre el tema. Aparte de los trabajos de tipo econométrico que destacan la extrema desigualdad en la distribución del ingreso, la pobreza regiomontana se puede conocer mediante estudios que observan aspectos como la migración rural-urbana, los asentamientos irregulares y el movimiento urbano popular, entre otros. Sólo a partir de años recientes se realizaron estudios desde la perspectiva de las estrategias económicas de sobrevivencia de las unidades domésticas en pobreza y pobreza extrema.

La estructura de este trabajo obedece al tipo de enfoques y temas que se han abordado para hablar de los pobres y la pobreza en Monterrey. En primer lugar se destacan aquellos trabajos que utilizaron el enfoque de la desigualdad; en segundo, se aborda la migración rural urbana (tal vez uno de los aspectos más desarrollados de la literatura sobre la región), los asentamientos irregulares, las ciudades perdidas y el movimiento urbano popular; posteriormente se discute la marginación urbana, para finalizar con las estrategias domésticas.

Una constante en los trabajos sobre pobreza, marginación y marginados en Monterrey es la ausencia de marcos conceptuales. Pocos son los estudios que se detienen a detallar o discutir los conceptos relativos al tema. Es por esto que, para cada uno de estos enfoques y temas, incluiré las definiciones conceptuales pertinentes en las cuales se pueden enmarcar los textos referidos.

 

La desigualdad en Monterrey

De acuerdo con Sen (1992), 'desigualdad' no debe ser equiparada con 'pobreza', toda vez que cada palabra se refiere a problemas distintos, aunque esto no quiere decir que no estén relacionados. El autor argumenta que la desigualdad, por sí misma, no se refiere estrictamente a la pobreza en el sentido de que, "una transferencia de ingresos de una persona del grupo superior de ingresos a una en el rango medio tiene que reducir la desigualdad ceteris paribus; pero puede dejar la percepción de la pobreza prácticamente intacta". De la misma manera, continúa, "una disminución generalizada del ingreso que no altere la medida de desigualdad escogida puede llevar a un brusco aumento del hambre, de la desnutrición y del sufrimiento evidente" (Sen, 1992: 313). Esto quiere decir que al estudiar la desigualdad no estamos estudiando la pobreza, pero, en determinados casos, podemos estar haciendo alusión a ésta.

En esta misma línea de ideas, Cortés (2002: 21) presenta sus argumentos al referirse a tres diferentes formas de relación entre distribución y pobreza: 'ingreso disponible constante', 'ingreso disponible creciente' e 'ingreso disponible decreciente'. La primera es aquélla en que se registra un aumento de la desigualdad debido a que la participación de los deciles superiores se incrementa y la de los inferiores disminuye, por lo que esta mayor concentración se traducirá en mayor pobreza.

El ingreso disponible creciente se da cuando crece la cantidad a distribuirse y la desigualdad se mantiene igual. El ingreso disponible decreciente es el que se presenta en momentos de crisis económica, cuando la cantidad a distribuirse se contrae pero la desigualdad se mantiene constante, evento por el cual la pobreza aumenta.

El estudio de la desigualdad es importante cuando se aborda la pobreza de una zona o región debido a que aquélla brinda información sobre la estructura económica que enmarca, entre otros factores, la condición de pobreza. Al respecto, Escobar et al. (1999: 75) mencionan que "la pobreza es fruto de la distribución del ingreso y de la satisfacción o no de necesidades básicas a lo largo de esta distribución". La estructura de desigualdad se vuelve aún más importante si tomamos en cuenta los factores que impiden salir de la condición de pobreza o aquéllos que dificultan el éxito de ciertas políticas de atención a la pobreza. En el caso de Monterrey, la desigualdad ha sido vinculada con las estructuras económica y política, que están relacionadas entre sí de tal manera que perpetúan la existencia de la desigualdad en el AMM.

El principal aporte de los estudios sobre distribución del ingreso y la marginalidad en el AMM es la demostración de que en esta área urbana existe uno de los más desiguales niveles de distribución del ingreso del continente. Así lo demuestran en sus trabajos autores como Anson y Gómez (1978: i), Puente (1969: 6) y Vellinga (1988: 106). Los dos últimos autores mencionados y Raúl E. López (2002: 18) coinciden en que la desigualdad del ingreso mantiene una tendencia a ser cada vez más "inequitativa". En este sentido, de acuerdo con Cortés (2002: 12), se puede hablar de una situación de ingreso disponible constante.

En el contexto del acelerado proceso de industrialización del AMM, el movimiento masivo de población del campo a la ciudad provocó que los estratos sociales de bajo nivel aumentaran en Monterrey, toda vez que la oferta de mano de obra superó la capacidad de absorción de la industria. Esto trajo como consecuencia la expansión desproporcionada de las ocupaciones no calificadas en el sector terciario y, de acuerdo con Puente (1969: 75), en el caso de Monterrey, se generó "un claro estancamiento del nivel general de los salarios reales entre los años 1960 y 1965". De acuerdo con este mismo autor, Monterrey generaba en 1960 más de 10 por ciento de la producción industrial nacional, y al mismo tiempo, aproximadamente 68 por ciento de su población total no consumía el mínimo técnicamente recomendable de nutrientes ni lograba satisfacer "un mínimo humanamente aceptable de otros satisfactores de bienestar" (Puente, 1969: 6).

Para los decenios de 1965 a 1985, Vellinga (1988: 107) encuentra que los cambios en la economía beneficiaron mayormente a la clase media alta. Así, "50 por ciento de las familias más pobres vieron baj ar su participación en la distribución del ingreso bruto de 19 a 16.46 por ciento; el cinco por ciento más rico aumentó su parte de 31.23 a 33 por ciento", proporciones que sólo son equiparables en el continente americano con los desiguales niveles de distribución encontrados en Brasil para un periodo similar.

Martínez (1999: 108) explica el deterioro general en las percepciones reales a lo largo de dos décadas (se refiere al periodo 1976-1988) a partir de la moderación en los incrementos de los salarios. Para esta investigadora, la desigual distribución del ingreso provocó en 33 años (1965-1998) una mayor brecha de ingresos en la ciudad, acompañada por tendencias como el aumento en las disparidades de salarios entre mano de obra calificada y no calificada, crecimiento económico, menor tasa de ocupación, creación de empleos precarios, baja remuneración y escasa productividad, un permanente deterioro salarial, disparidad en el acceso a la educación, entre otras más (Martínez, 1999: 117).

Otros datos también revelan que la desigualdad se ha mantenido y hasta se ha incrementado en la zona. Aguilar y Escamilla (2000: 206-207) apuntan que en el periodo 1991-1995, "se apreció una polarización social que se reflejó en un 'crecimiento' de ambos extremos de la estructura social". Los autores se basan en datos que revelan el incremento de la fuerza laboral altamente calificada (profesionistas, personal técnico, directores y personal directivo), y la expansión de la fuerza de trabajo menos calificada (comerciantes, vendedores, prestadores de servicios, conductores de vehículos), además de la disminución en los salarios y la polarización de la estructura ocupacional.

A partir de su análisis de corte dependentista, Vellinga aporta una argumentación para explicar el sostenimiento de altas concentraciones del ingreso y riqueza en Monterrey. Menciona que estas tendencias corresponden con las características de las grandes zonas industriales de Latinoamérica y tienen que ver, además, con "patrones" que han sido "anclados sociopolítica y culturalmente en la sociedad latinoamericana" (Vellinga, 1988: 13). Este autor relaciona la desigualdad no sólo con el papel económico de Monterrey como polo industrial de un país periférico, sino con la concentración del poder político, en este sentido, dice:

En Monterrey, el proceso de acumulación generó el punto de apoyo del poder de uno de los actores más influyentes en la fase de la distribución: la burguesía industrial. Fue en el transcurso de ese proceso cuando surgió la base objetiva de su formación, así como su consolidación como clase social. La magnitud de la acumulación determinó, al mismo tiempo, el alcance de su capacidad de presión frente al Estado -otro actor influyente-, a favor de una política que apoyara una acumulación y distribución de acuerdo con sus intereses. Como resultado, la estructura del poder en la región ha quedado dominada por una pequeña y coherente clase de industriales (Vellinga, 1988: 22).1

Esta estructura política ha permanecido hasta ahora, y tal vez se ha reforzado. Una genealogía del poder político en el estado así lo podría mostrar. Aunque no es el caso de este texto profundizar en este tema, en la última sección insistiré sobre la necesidad de tomarlo en cuenta.

 

Migración rural-urbana

La migración es una de las estrategias de sobrevivencia que las unidades domésticas emplean en los contextos de pobreza, y puede ser entendida como un "funcionamiento demográfico", es decir, como una "capacidad de las personas para funcionar", que consiste en poderse desplazar y establecerse (Livi-Bacci, 1995: 117 y 127). También se puede comprender la migración como una "respuesta" que forma parte de "estrategias" más amplias (Corbett, 1988: 1100) que los pobres elaboran para sobrevivir en circunstancias de crisis. A pesar de que hay otros enfoques que rompen con la vinculación directa y monocausal entre pobreza y migración,2 es un hecho que la migración es uno de los factores estructurales vinculado con el problema de la marginación urbana (Pozas, 1990: 18).

En México, desde la década de 1940 comenzó a predominar la migración rural de carácter masivo y definitivo hacia las grandes ciudades del país, especialmente a México, Guadalajara y Monterrey. Este proceso fue muy debatido en las ciencias sociales entre las décadas de 1960 y 1980 (Durand, 1994: 41). Al menos en el nivel local, la migración rural hacia Monterrey mereció algunos estudios.

La pobreza en Monterrey y la migración interna se vinculan no sólo por el origen de los migrantes (campesinos empobrecidos), sino por la situación de éstos en el lugar de llegada. Según autores como Browning y Feindt (1968: 184), entre 1940 y 1965 el crecimiento poblacional en Monterrey fue excepcional, pues la población de su área metropolitana se quintuplicó al pasar de 186 000 a 950 000 habitantes. De acuerdo con Balán et al. (1977: 81), "del 5.9 de la tasa de crecimiento anual entre 1940 y 1950, 3.6 se debió a la inmigración neta, esto es, 61 por ciento del total. Las cifras correspondientes para la década de 1950-1960 fueron 6.3 [por expansión del área geográfica de la ciudad], 3.3 [por incremento natural] y 52 por ciento [por inmigración neta]". Zúñiga (1995: 191) presenta cifras a partir de 1960, en donde el crecimiento natural fue de 3.39 por ciento y la tasa social de 2.8 por ciento. Entre 1970 y 1980, el crecimiento total fue de 4.67, el natural fue de 3.4 y el social disminuyó en importancia (1.27 por ciento).3 Todavía para el periodo 1980-1985 el crecimiento social fue mayor que el natural.

En la literatura sobre la urbanización de Monterrey, a los marginados constantemente se les relaciona con estas olas migratorias (Zúñiga, 1990), a tal grado que se corre el riesgo de pensar que los pobres de Monterrey no son de ahí, sino de San Luis Potosí, Coahuila, Tamaulipas o Zacatecas (entre otros estados expulsores de los inmigrantes).

Uno de los efectos de las altas tasas de inmigración fue "el proceso de metropolización" (Pozas, 1990: 19) que se dio cuando al área urbana se incorporaron diversos municipios cuyo crecimiento fue determinado por su relación con un municipio central, que en este caso es Monterrey. Así, para 1970, ocho municipios constituían el AMM, los cuales ya reflejaban los altos contrastes entre las zonas privilegiadas y los poblamientos periféricos (Pozas, 1990: 19). Los migrantes provenientes del campo conformaron, en su mayoría, las zonas marginadas en este proceso de metropolización.

Actualmente, los principales flujos migratorios internos del país son de ciudad a ciudad (Escobar et al., 1999: 95). No obstante, además de población migrante urbana, el AMM sigue recibiendo un gran número de migrantes provenientes de zonas rurales o ciudades pequeñas, de tal manera que a nivel nacional, Nuevo León tiene el primer lugar de la población migrante intermunicipal (INEGI, 2001) y el cuarto de migrantes intraestatales.4 Como lo señalaré en la sección sobre estrategias domésticas, una parte importante de estos inmigrantes habitan en las zonas de alta marginación.

 

Marginación y marginalidad

Los migrantes al AMM arribaron a una región caracterizada por las contradicciones propias de las lógicas del desarrollo y las políticas por sustitución de importaciones. De tal manera que conformaron, en su mayoría, las áreas de alta marginación en el proceso de metropolización y urbanización de Monterrey.

De acuerdo con Cortés (2002: 10; basado en CONAPO/PROGRESA, 1998: 17) el concepto de marginación da cuenta del fenómeno estructural "que surge de la dificultad de propagar el progreso técnico en el conjunto de los sectores productivos, y socialmente se expresa como persistente desigualdad en la participación de los ciudadanos y grupos sociales en el proceso de desarrollo y en el disfrute de sus beneficios". Para medir la marginación, dice Cortés, se toman en cuenta indicadores tales como la educación, la vivienda y los ingresos monetarios, en el nivel municipal, y para el nivel estatal se agrega la dispersión de población. En este sentido:

Una vez definidas las dimensiones se utiliza el porcentaje de población analfabeta como indicador de la educación; los porcentajes de viviendas particulares sin agua entubada, de viviendas particulares sin drenaje, de viviendas particulares sin energía eléctrica, de viviendas particulares con piso de tierra y el promedio de ocupantes por cuarto, como indicadores de la dimensión vivienda (CONAPO/PROGRESA, 1998: 26; citado en Cortés, 2002: 10).

Desde este punto de vista, la marginación es entendida como carencias en el acceso a bienes y servicios básicos, y es un fenómeno que se refiere a localidades y no a las personas que viven en ellas. Esto quiere decir que, en una localidad con alta marginación, algunos de sus habitantes pueden ser alfabetos o vivir en viviendas con agua entubada o ganar suficientes ingresos como para no ser considerados pobres. Por el contrario, la marginalidad se refiere a la condición de los individuos.

Cortés (2002: 11) menciona que la marginalidad es un concepto situado dentro de la teoría de la modernización, según la cual "las sociedades 'subdesarrolladas' se caracterizan por la coexistencia de un segmento tradicional y otro moderno, siendo el primero el principal obstáculo para alcanzar el crecimiento económico y social, autosostenido". Lo marginal, en este sentido, "remite a las zonas en que aún no han penetrado las normas, los valores, ni las formas de ser de los hombres modernos". La marginación, entonces, se refiere a un fenómeno estructural, mientras que la marginalidad es más bien individual.

La marginalidad incluye ciertas dimensiones importantes de mencionar aquí, pues sirven como preámbulo a la literatura sobre los marginales de Monterrey. Según Cortés (2002: 12; citando a Giusti,1973), el Centro de Investigación y Acción Social Desarrollo Social para América Latina (DESAL) estableció las siguientes dimensiones, todas referidas a personas, individuos y no a localidades, municipios o estados: a) la dimensión ecológica: que se refiere a los lugares en donde viven los marginales: círculos de miseria, viviendas deterioradas dentro de la ciudad, vecindarios de origen estatal o privado; b) la dimensión sociopsicológica, en donde marginalidad significa no tener capacidad para actuar, estar faltos de participación de los recursos y beneficios sociales, en las decisiones sociales; c) la dimensión sociocultural indica que los marginales tienen bajos niveles de vida, salud, vivienda, educación y cultura; d) la dimensión económica manifiesta los niveles de subsistencia y empleos inestables de los marginales, y e) la dimensión política, en que los marginales no participan, no tienen organizaciones que los representen, ni participan de la solución a problemas sociales.

La literatura sobre las zonas marginadas y la marginalidad en Monterrey nos proporciona información, en algunos casos a detalle (Arreola, 1975; Acevedo, 1979; Montaño, 1983; Neira, 1990), sobre la dimensión ecológica y sociopsicológica.

Según Neira (1990: 157), en Monterrey existen asentamientos irregulares muy antiguos, algunos desde principios del siglo XX, aunque los más característicos corresponden a la década de 1940, tales como el barrio de La Coyotera, en la Colonia Garza Nieto, o algunas zonas de La Loma Larga que se han anexado a la Colonia Independencia, una de las zonas más antiguas de la ciudad. Entre 1961 y 1976 se registraron 44 asentamientos de posesionarios (García, 2001: 125). En 1973, Arreola hizo la siguiente descripción que resulta muy ilustrativa:

Por carretera y desde el centro de Monterrey se ven los conglomerados de techos multicolores, los grupos de puntos blancos que de cerca resultan ser construcciones precarias hasta con blocks de concreto. En el mapa son manchas rojas esparcidas por la orilla y en algunos sitios del centro mismo y de la zona urbanizada. Casi a la mitad geográfica de Monterrey pasa el río Santa Catarina. En su lecho hay posesionarios. Los hay también en terrenos rodeados de urbanización (lo que quizá sea el fenómeno más parecido a las 'ciudades perdidas') y en las regiones montañosas: Topo Chico, Sierra Ventana, Cerro de la Campana, Loma Larga, Los Dorados, San Bernabé (Arreola, 1975: 31).

Las colonias mencionadas por Arreola son todavía zonas marginadas de la ciudad. En sectores como Sierra Ventana, Neira (1990: 166) encontró patrones rurales de vida: pequeños huertos, granjas familiares, con cerdos, gallinas y corderos. Hoy se pueden encontrar grupos de ovejas pastando en algunos sectores del río Santa Catarina, ahora seco. Pero a pesar de su condición y contraviniendo la dimensión política propuesta por el Desal, los marginales de Monterrey han jugado un papel político importante en la región.

Por una parte han creado formas de organización propias, relativamente autónomas de las autoridades estatales (Zúñiga, 1990: 107); por otro lado, han establecido relaciones clientelares que pueden ser concebidas, más que como formas de manipulación política, como canales de gestión y presión hacia las políticas públicas por parte de los pobres de Monterrey (Montaño, 1983: 70). Dicho patrón político permanece hasta nuestros días como el principal canal de presión política de los marginados.

Fue en la década de 1960 cuando se presentó el mayor número de invasiones de tierra de forma masiva. Para ese entonces se había dado lugar a formas de organización para invadir terrenos, las cuales incluían no sólo a líderes de izquierda y estudiantes universitarios, sino a miembros de los sectores populares priistas (CNOP, CTM, CROC), pequeñas burguesías internas a los grupos de posesionarios, y hasta propietarios de terrenos que acordaban autoinvasiones para vender a buen precio sus terrenos al gobierno. El Estado, ante la imposibilidad de responder a la grave crisis de vivienda, se convirtió en cómplice del fenómeno (Montaño, 1983; Pozas, 1990; Neira, 1990; García, 2001). En esta red de relaciones políticas, las mujeres se constituyeron en actores centrales (Pozas, 1999).

En 1973 se creó el Frente Popular Tierra y Libertad, el más famoso y políticamente mejor organizado de los movimientos urbano populares de la zona. Dicho Frente existe hasta nuestros días y mantiene su poder político a pesar de haber sufrido serias transformaciones (Montaño, 1983; Pozas, 1990). En ese mismo año, el gobierno del estado reconoció la existencia de 170 mil posesionarios que vivían en asentamientos espontáneos (Montaño, 1983: 159). La respuesta del Estado fue la creación de Fomento Metropolitano de Monterrey (Fomerrey), cuyo objetivo era "el desarrollo de áreas urbanas populares que proveyeran de lotes, viviendas o pies de casa a la masa de desposeídos y marginados del mercado libre de tierra y vivienda urbana" (García, 2001: 128). Sin embargo, hasta hace muy pocos años, la mayoría de las colonias fundadas por Fomerrey presentaban un alto grado de deterioro, condiciones antihigiénicas, escasos servicios y calles sin pavimentar.

A pesar de la paulatina urbanización de las colonias de Fomerrey, vivir en ellas significa socialmente ser marginado y pertenecer a un mundo en el que, de manera cotidiana, se convive con las precariedades que brinda cualquier gran ciudad latinoamericana: la inseguridad e impunidad del transporte urbano, la violencia y abusos policiacos, la contaminación, el hacinamiento, la falta de espacios y servicios, así como el clientelismo político. Pero no sólo se vive en la marginación en una de las muchas colonias de Fomerrey. También se puede vivir en alguno de los asentamientos irregulares que, por lo menos hasta 1999, según García (2001: 125) sumaban 52 en el AMM.

Los marginales de la ciudad no sólo son una pieza importante del rompecabezas político de la sociedad regiomontana, también generaron históricamente una integración económica, ya que sus actividades productivas no están al margen de la economía capitalista, "lejos de ello, mantienen permanentemente relaciones sociales de producción con los capitalistas bajo las formas más heterogéneas, relaciones que no necesariamente adoptan la forma asalariada" (Pozas, 1990: 25). Así, encontramos a una gran masa de albañiles, plomeros, jardineros, veladores, cargadores, limpiadores y empleadas domésticas, junto con vendedores de chicles, limpiavidrios, pepenadores y mendigos. Lo mismo sucede en el ámbito social, en donde han generado sus propias formas y espacios de organización y convivencia.

Así se conforma lo que Acevedo (1979: 47) llama "el proceso de marginación de Monterrey", que se manifiesta en una creciente proporción de la fuerza de trabajo destinada a desempeñar actividades marginales, en el acrecentamiento de la distancia social y económica entre los marginados y los integrados, y en una dificultad cada vez mayor para pasar de una situación a otra.

Un ejemplo de la dificultad para pasar de la marginalidad a la integración lo ofrece Zúñiga. Para este autor, los hijos de los marginales (hijos de migrantes, en su mayoría), se han visto beneficiados de la oferta educativa urbana. No obstante, esta expansión de beneficios escolares no trajo consigo movilidad social intergeneracional entre los marginales. Dice:

Esto sucede por cuestiones mucho más objetivas de las cuales los mismos hijos de marginados están, en gran medida, conscientes. Es decir, la escolaridad, los conocimientos escolares y el certificado escolar no tienen para ellos las mismas funciones económicas que parecen tener en otros grupos sociales urbanos, al punto que, en algunos casos, la escuela no tiene ninguna utilidad laboral específica (Zúñiga, 1990: 108).

Años antes, Balán et al. predijeron lo que Zúñiga encontró. Para el periodo entre 1965 y 1985, los autores habían mencionado que:

Aun cuando su número no aumente en términos relativos y, por lo menos en un centro metropolitano como Monterrey el ingreso relativo no disminuya, los miembros de este grupo se sentirán más insatisfechos... En primer término, la proporción de individuos que pueden hacer comparaciones favorables con sus padres, parientes y amigos será menor debido a que, en proporción, pocos de ellos tendrán origen agrícola de subsistencia. En segundo término, el crecimiento anticipado del "credencialismo" en todo los niveles reducirá el optimismo sobre la apertura del sistema, y finalmente, muchos sujetos estarán menos confiados en que sus hijos puedan lograr status ocupacionales mucho más altos que los suyos, mediante la ruta educativa (Balán et al., 1977: 388).

Por su parte, Browning y Feindt (1968) presentaron las diferencias en educación, vivienda, ocupación e ingreso entre migrantes con periodo corto de exposición a la estructura social y económica de Monterrey; migrantes con periodo intermedio de exposición; migrantes con periodo largo de exposición; nativos por adopción; nativos de primera generación y nativos de segunda generación. Los autores también encontraron poca movilidad en términos de ingreso. Sus explicaciones se remiten principalmente a la estructura ocupacional.

 

Los marginados

Lomnitz (1975) abogó por una perspectiva activa y positiva de los marginados, contraria a la cultura de la pobreza que los hacía ver como sujetos pasivos. Uno de sus argumentos estaba relacionado con las estrategias de sobrevivencia que permitían a los marginados "aprovechar e incluso crear nichos de un cierto tipo en los intersticios del sistema tecnológico que los excluía como mano de obra sobrante". Para esta autora, "en el centro nervioso de tales estrategias se encontraban las redes sociales, constituidas en virtud del principio de reciprocidad". Estas redes constituyen los recursos más importantes para conseguir la ayuda de otras personas a cambio de ofrecerla a cambio (Lomnitz, 1975: 9).

En este marco se inserta parte de la literatura sobre los marginados en Monterrey. Éstos pueden ser observados como "sujetos productores de la política urbana, planificadores de barrios, constructores de sus viviendas, diseñadores de sus modos de utilizar las instituciones educativas" (Zúñiga, 1990: 8), así como agentes centrales en la conformación de la cultura y la organización social. En este contexto, los estudiosos de la marginalidad regiomontana se han dirigido hacia sectores como las mujeres (Rangel, 1990; Ribeiro, 1990; Arenal, 1999; Arenal, et al., 1997; Pozas, 1999), los jóvenes (Hernández, 1990) y las redes familiares extensas (Garrido, 1997; González, 2002 y López, 2002). Aunque la mayoría de estos estudios han sido modestos y obedecen, muchos de ellos, a iniciativas más bien individuales o coyunturales, se han convertido en referentes necesarios para el conocimiento de la marginalidad en Monterrey. En los siguientes párrafos destacaré algunos de estos aportes.

Como se mencionó en la sección anterior, la experiencia de las invasiones de terrenos y la gestión por los servicios públicos ha sido descrita de manera detallada por autores como Montaño (1983) y Neira (1990). En sus trabajos comparten la compleja organización social y política que acompañó el proceso de integración a la vida urbana en colonias como El Topo, Paloma y Sierra Ventana, organización en la cual se refleja el origen social y cultural de los migrantes: la familia extensa como punto de cohesión, el uso de pequeños huertos y granjas familiares con cerdos, gallinas y corderos. Políticamente, los inmigrantes aprovecharon su origen rural para engancharse a una organización como la Confederación Nacional Campesina y así obtener la protección del PRI en las invasiones urbanas.

Por su parte, Sandra Arenal (1999) presenta los testimonios de mujeres que se consagraron a la obtención de vivienda para sus familias en los predios de Tierra y Libertad. En los estudios de Montaño, Neira y Arenal podemos observar a los actores sociales tomando decisiones, negociando y comunicándose dentro del campo político. Así se nos brinda una manera de entender la política de la ciudad desde la perspectiva de los de abajo. Los pobres son entendidos como parte de una estructura política, y no como meros observadores de la misma.

Además de Arenal, Rangel (1990) y Ribeiro (1990) han abordado la relación entre género y marginalidad. El texto de Rangel carece de una definición de cultura de la pobreza, a pesar de que su texto parece ser un intento por documentar rasgos culturales de los marginados de Monterrey.

La cultura de la pobreza puede ser definida como "el conjunto de características e interrelaciones entre los tres niveles: el económico, el social y el ideológico"; como "un sistema de organización social y de normas y valores, el cual, en la marginalidad, se encuentra estructurado sobre una base económica característica" (Lomnitz, 1975: 24). Rangel hace una relación entre los elementos mencionados por Lomnitz y lo que la autora encontró en su experiencia en la comunidad marginada "René Álvarez". Ahí se encontró con la desconfianza, el silencio y la falta de arraigo de los marginados urbanos, quienes difícilmente podían hacer referencia a una tradición a pesar de su origen rural. Con aparentes dificultades, la autora encontró que la pastorela (interpretación religiosa ligada a patrones de agricultura) era la única tradición recordada por algunas mujeres de esa comunidad marginada.

Las mujeres de los sectores marginados de Ciudad Guadalupe y San Nicolás de los Garza (dos municipios metropolitanos), son caracterizadas por Ribeiro (1990: 73) como: mayoritariamente jóvenes, casadas, con hijos y dedicadas al hogar. Cuando trabajan fueran del hogar están condenadas a "cargar con una pesada responsabilidad de ejercer roles externos e internos simultáneamente (a menos que se apoye -como sucede con frecuencia- en el trabajo de otra mujer)". Aunque las estadísticas no lo registren, muchas de estas mujeres trabajan desde la infancia como empleadas domésticas. Éste es el oficio característico de las mujeres de los barrios marginales, quienes son sometidas a las condiciones laborales que asignan sus patronas (Arenal et al., 1997: 31-32).

Varios años después de Arenal, Marlene Cámara (2002) estudió el papel de la mujer en las estrategias de producción y reproducción de las unidades domésticas en pobreza y pobreza extrema, en las colonias Malvinas y Santa Lucía del municipio metropolitano de Escobedo, encontrando generalidades y experiencias muy similares a las destacadas por Ribeiro y Arenal. En este sentido, el fenómeno de la pobreza femenina muestra las constantes de la marginalidad urbana.

Otro sector de los marginados son los jóvenes. En su estudio, Hernández (1990: 276) los define como jóvenes cuyos delitos más frecuentes son escuchar música en las esquinas, reunirse en grupos por la noche y poseer indumentaria, lenguaje y hasta una forma de caminar diferentes de los distintivos de la mayoría. Estos jóvenes usan como referentes ordenadores de su situación social e identitaria aspectos como la clase social y el trabajo. Para algunos de ellos, el trabajo en la construcción (la obra, la costra) es digno de repudio, pero viven en un mundo generacional que los orilla a participar en esa labor. Para otros, la fábrica (el trabajo manual, el camello) es repudiado y, por tanto, se busca escapar de ese destino laboral.

La mayoría de los textos referidos en esta sección corresponden al esfuerzo, coordinado por Zúñiga y Ribeiro, de agrupar los trabajos que algunos académicos desarrollaron con sectores marginados del AMM en la década de 1980. No obstante, la dispersión de los temas, de las perspectivas y el poco acuerdo conceptual, reflejan la ausencia de un conocimiento más sistemático sobre la problemática en su dimensión metropolitana.

 

Estrategias domésticas

El tema de los recursos y las estrategias domésticas ha sido ampliamente desarrollado en la literatura sobre la pobreza. Enmarcado más bien dentro de los estudios microsociológicos (Escobar, 1996: 539), estos trabajos han ofrecido casos sobre el comportamiento de los hogares ante la pobreza. Los estudios desde esta perspectiva han sido escasos en Monterrey. Sólo se puede mencionar el afortunado trabajo coordinado por Eduardo López (2002). Debido a la trascendencia de la perspectiva de los recursos de los hogares, se destacarán algunos de sus aportes y debates.

De acuerdo con Roberts (1991: 139), las estrategias pueden ser definidas como la organización de los hogares para obtener beneficios en el corto o mediano plazo, mientras que las estrategias de movilidad social se vinculan más bien con el largo plazo (educación de los niños, compra de una casa, capacitación laboral). Las estrategias domésticas son, entonces, un conjunto de actividades conscientes, tomadas por uno o más miembros de un hogar en un periodo, dirigidas a asegurar la sobrevivencia de la unidad doméstica en el largo plazo. Una estrategia doméstica supone el cálculo y la elección entre varias alternativas.

Las estrategias domésticas dependen de manera importante de la organización familiar y sus normas. Aunque estrategias domésticas y estrategias familiares no son lo mismo. El hogar es la unidad de corresidencia cuyos miembros pueden o no ser parientes. Los tipos de familias, como la nuclear o la extensa, y las obligaciones implicadas en el parentesco, son algunas de las mayores variables que afectan la capacidad del hogar para implementar estrategias. Es decir, la variable parentesco hace la diferencia en los tipos de estrategias (Roberts, 1991: 139).

Cada hogar cuenta con activos. Moser (1998: 4) indica cuatro: el trabajo, los activos productivos (el más importante de los cuales es la casa); las relaciones familiares (que funcionan como un mecanismo de fusión de intereses de ingresos y de repartición de consumos). Finalmente se encuentra el capital social, que consiste en la reciprocidad dentro de las comunidades y entre familias basadas en la confianza derivada de lazos sociales.

Para los pobres no es suficiente contar con activos o fondos, sino que es indispensable tener la capacidad de manejarlos para así poder reducir la vulnerabilidad. Esta capacidad debe permitir transformar los activos en, por ejemplo, ingresos y comida. Corbett (1988: 1104) agrega que estas capacidades y sus efectos se van transformando conforme se avanza en un proceso de precrisis y crisis, de tal manera que se puede hablar de una serie de estrategias aplicadas de manera secuencial. Para esta autora, las estrategias suponen planificación de una serie de acciones. Las estrategias no son, como diría Moser (1998: 3), acciones para "arreglárselas con" o para salir al paso, sino que suponen un periodo de tiempo más largo.

Roberts (1991: 143) propone cuatro tipos de estrategias de acuerdo con la literatura sobre el tema: a) reducir gastos del hogar mediante la disminución del consumo o rechazando miembros no productivos del hogar, b) intensificar la explotación de recursos internos del hogar a través de la mayor reciprocidad con parientes y amigos, c) adoptar estrategias orientadas hacia el mercado, las cuales, en el contexto urbano, son usualmente estrategias en el mercado laboral y la economía informal, d) buscar ayuda de agentes externos, como el estado o asociaciones. Las estrategias a y b disminuyen la dependencia hacia el exterior, pero están limitadas por los materiales y recursos laborales disponibles dentro del hogar. Las estrategias c y d son menos limitadas en el rango de recursos que se pueden capturar, pero aumentan la dependencia y pueden limitar la flexibilidad de las estrategias de los hogares en el futuro. Según el autor, la urbanización e industrialización han aumentado el uso de estrategias dirigidas hacia el exterior en los hogares. Y es que en el ámbito urbano, las necesidades de servicios se satisfacen sólo dirigiéndose hacia el exterior, en particular, hacia el Estado. De tal manera que "el hogar moderno urbano tiene una limitada capacidad para controlar su ambiente a través del uso de estrategias".

Esta capacidad ha sido limitada o modificada en el periodo de reestructuración. Para Oliveira (1999: 33), la contracción de los niveles salariales y el deterioro de las condiciones de trabajo han requerido que más integrantes de las familias sean perceptores de ingresos para compensar los bajos niveles salariales de la mano de obra. Como resultado ha perdido vigencia el modelo de organización familiar caracterizado por la presencia de un jefe-varón proveedor exclusivo cuyo salario es suficiente para cubrir los gastos de manutención de la familia, y por la figura de la mujer-ama de casa encargada únicamente de las labores del hogar. De tal manera que "las transformaciones económicas recientes han repercutido en forma selectiva sobre las familias más necesitadas, reforzando así la heterogeneidad de las formas de organización familiar prevalecientes entre diferentes sectores sociales".

Esto significa que el recurso más importante de los hogares pobres, el trabajo, ha sido afectado de manera grave. En este marco, las familias nucleares siguen dependiendo de los ingresos de un solo perceptor que con frecuencia es el jefe. En cambio, en los arreglos extensos (predominantes en los sectores más pobres), por contar con mayor disponibilidad de mano de obra debido a su mayor tamaño y etapa más avanzada del ciclo doméstico, han recurrido en forma mucho más marcada a los ingresos de varios miembros. No obstante, "tal parece que estamos frente a un círculo viciosos: en los sectores más pobres de la sociedad predominan los arreglos extensos que por las características de sus jefes siguen pobres a pesar del mayor uso de la mano de obra familiar", y es que, "un mayor número de perceptores no se asocia siempre con un más alto nivel de bienestar para las familias, y que el ingreso per cápita de los hogares depende más bien del monto de ingresos del perceptor principal y de su condición de hombre o mujer" (Oliveira, 1999: 33).

En el mismo sentido, González de la Rocha (2001) argumenta que debido a la profunda reestructuración y la dura situación económica y social que ha caracterizado a las últimas dos décadas, los hogares pobres y de la clase trabaj adora se han movido hacia una situación permeada por la pobreza de recursos que erosiona su capacidad de sobrevivencia. Esto quiere decir que la aproximación de los recursos de la pobreza, utilizada para entender las maneras en las cuales los hogares pobres urbanos y los individuos pobres de las ciudades de Latinoamérica han sorteado la pobreza, ya no es teórica y empíricamente viable.

La autora argumenta que la capacidad de los hogares y los individuos para lograr ciertos niveles de ingreso y bienestar es la consecuencia de complejos procesos sociales en los cuales las oportunidades del mercado laboral juegan un rol muy importante. De tal manera que la capacidad de acción de los pobres depende en gran medida del desarrollo de estrategias sociales y la disponibilidad de políticas sociales que faciliten o constriñan la sobrevivencia, la movilidad social y la reproducción.

En México, las condiciones económicas y las oportunidades del mercado laboral se han deteriorado a tal punto que los hogares de clase media se han vuelto significativamente pobres y los hogares pobres urbanos no han desarrollado oportunidades reales para tener más ingresos. El problema que los cambios en el mercado laboral han traído para los pobres aumenta cuando se toma en cuenta que el ingreso salarial es fundamental para estos hogares, toda vez que sin estos ingresos también se erosiona su capacidad para desarrollar actividades que les permitan autoprovisionarse (trabajo por cuenta propia, pequeños ahorros o producción para el consumo del hogar). En este contexto, los pobres que se van haciendo más pobres tienen menos capacidad para mantener relaciones sociales de intercambio y, por tanto, sus recursos se empobrecen. La perspectiva de los recursos de la pobreza pierde vigencia, según González de la Rocha (2001), para dar paso a la perspectiva de la pobreza de los recursos.

Desde la época de las grandes migraciones del campo a la ciudad, los marginados han utilizado en México las redes familiares como una manera de arribar e integrarse a la comunidad receptora (Balán et al., 1977: 194; González Beltrán, 2002: 81). Aunque la familia nuclear es la constante (Ribeiro, 1990; González Beltrán, 2002; Cámara, 2002), las relaciones con otros familiares (cuñados, yernos, primos, tíos, hermanos), son muy importantes en las estrategias domésticas mediante los préstamos sin plazos fijos, los préstamos en especie o el intercambio de fuerza de trabajo para labores como la autoconstrucción.

El último estudio hecho sobre comunidades en pobreza y pobreza extrema en el área de Monterrey (López, 2002) muestra que la mayoría de sus miembros laboran en oficios no especializados del comercio o los servicios (vendedores ambulantes, empleadas domésticas, afanadores, oficios auxiliares, ayudantes en general, barrenderos, macheteros y mensajeros). Actividades que no requieren de cierta especialización o determinados niveles de escolaridad. Según González Beltrán (2002: 84), en la mayoría de los casos es el padre el que más aporta al sustento familiar, aunque los hijos y la esposa participan de la economía familiar lavando o cosiendo ropa ajena, preparando comida para vender, por ejemplo. Además, recolectan objetos de desecho como vidrio, papel, botes de aluminio o cobre, que venden por kilo.

Otras estrategias tienen que ver con disminuir la calidad de los alimentos que se consumen o comprar ropa de segunda mano que proviene de Estados Unidos. Además, se pueden conseguir alimentos mediante el sistema de fiado conocido como "el cartón" en los estanquillos. La compra de artículos mediante pagos semanales es el único recurso para adquirir muebles o artículos electrodomésticos, a pesar de que el valor del producto se duplique o triplique. Igualmente se puede recurrir a las tandas en las que participan familiares y amigos muy cercanos.

Otras estrategias como el empeño y venta de joyas o los pagos en especie realizados por los patrones, son destacadas por Garrido de la Calleja (1997) en las mismas colonias de Escobedo. En sus entrevistas con los miembros de estas comunidades, el autor encontró que ahorrar, para los pobres y pobres extremos significa "guardar los ingresos generados para ir manteniendo la subsistencia de sus miembros, con la esperanza de hacerlo rendir hasta el otro fin de semana, cuando habrían de percibir un nuevo ingreso" (Garrido de la Calleja, 1997: 89).

Como mencioné párrafos arriba, en el AMM, los estudios detallados sobre las estrategias domésticas de los pobres son casi inexistentes. Es por eso que los trabajos aquí citados no cuentan con referentes comparativos en el tiempo y tampoco en otros sectores de la misma área. No obstante, las investigaciones coordinadas por López son un buen precedente que, por lo pronto, demuestran que algunas zonas marginadas del AMM siguen siendo mayoritariamente habitadas por migrantes.

 

El contexto social de la pobreza en Monterrey

Como he mencionado, los estudios sobre pobreza en Monterrey son más bien escasos. Hablar de pobreza en el segundo polo industrial del país y la tercera ciudad en cuanto a población, parece ser algo poco pertinente a primera vista debido a que esta zona ha superado muchos estragos del desarrollo, a diferencia de otras zonas del país. No obstante, los grados de desigualdad, el incremento poblacional, los procesos de urbanización, la complejidad social, política y social de la urbe, así como su protagonismo en los actuales procesos de cambio a nivel nacional e internacional deben ser una llamada de atención para el estudio de la pobreza en la zona.

Al hacerlo, no se debe dejar de lado un aspecto fundamental que tiene que ver con la cultura e ideología vinculadas al proceso de desarrollo característico de la zona. ¿Qué significa ser pobre en Monterrey? ¿Qué diferencia a un individuo o comunidad pobre de Monterrey con respecto a los de otras zonas del país? El estudio de Zúñiga y Contreras (1998) puede ayudar a responder estas cuestiones. Para estos autores, "la pobreza como categoría estadística, económica o política está indisociablemente ligada a la pobreza como categoría social, es decir, al modo como una sociedad tiende a concebirla". En este sentido, la idea social de la pobreza puede aparecer como "un problema, una vergüenza, una paradoja o un mal sistemáticamente producido por una sociedad que -según se afirma- no funciona del todo bien" (Zúñiga y Contreras, 1998: 66).

En Monterrey, la pobreza parece estar ausente de la realidad social (lo cual es muy diferente a que realmente lo esté). Esta ausencia aparente tiene que ver por un lado, con ideas sociales que los individuos adoptan dentro de un "mercado de opiniones" relacionado con la historia y los contextos regionales (Zúñiga y Contreras, 1998: 76), y por otro lado, con un síntoma local, con una manera social de ver la pobreza. Los autores afirman que en Monterrey predominan creencias de tipo liberal porfirista, según la cual los hechos sociales tienen origen individual. "Esto hace que la pobreza sea percibida como producto no de un 'orden social injusto', de los límites de la economía o de la 'naturaleza de las cosas' sino de decisiones, vicios o defectos individuales". Al mismo tiempo, la riqueza es definida por rasgos individuales contrarios: "fruto del tesón, la virtud y las cualidades personales" (Zúñiga y Contreras, 1998: 69). Los investigadores sostienen lo anterior a partir de lo que encontraron en un estudio de opinión desarrollado en 1992, tomando como universo de estudio el AMM.

En su estudio encontraron que la mitad de los habitantes del AMM considera que los pobres son pobres porque son perezosos y no quieren dejar de serlo. La mayoría de los entrevistados consideran que el Estado juega un papel central en el desarrollo económico del país y que debe ayudar a los pobres, pero ése no es su principal papel, ya que existen otros problemas más importantes a los cuales atender. Así, "los dineros públicos deben ser usados principalmente para apoyar el progreso económico y no para aliviar las penas de los pobres (Zúñiga y Contreras, 1998: 80). Para los autores, estas opiniones manifiestan una "congruencia ideológica" con las ideas sociales tradicionales e históricas en la región.

Lo anterior debe ser advertido para pensar en las limitantes e impactos sociales y políticos que se pueden presentar al estudiar la pobreza en Monterrey.

 

Conclusión

Los esfuerzos en el estudio de la pobreza deben intentar no sólo medir su extensión y cambio (por medio de métodos como el de la 'línea de la pobreza'), sino, además, evaluar la acción estatal para así poder proponer reformas puntuales. La literatura sobre la pobreza en Monterrey poco se ha referido a las políticas públicas, su impacto, eficiencia y pertinencia. Sólo López (2002: 24) ha apuntado la poca incidencia que las políticas tienen para solucionar los problemas de los pobres del AMM. Este autor propone, y yo lo hago con él, "reconsiderar una intervención social que ponga en marcha acciones locales y regionales que se ajusten a la especificidad de los municipios y apuntalar las estrategias de sobrevivencia de las comunidades pobres, abordando soluciones derivadas de necesidades reales". Esto es algo que involucra no sólo la acción estatal, sino la de aquellos con posibilidades de dar a conocer los rasgos específicos de la pobreza regiomontana.

Una de las alternativas es evaluar y diagnosticar, pero también se debe dar seguimiento a los beneficiarios de los programas de gobierno para encontrar la relación que dichos programas tienen con la forma de vida de los pobres y el papel que realmente juegan en las estrategias domésticas o comunitarias.

Las ayudas gubernamentales son sólo una parte de los mecanismos aprovechados por los pobres para sobrevivir. Es por esto que, a la vez, se deben analizar otros recursos, entre los cuales destaca el trabajo. Se hace necesario conocer cuáles son las condiciones del mercado de trabajo en la zona, y de qué manera éste es un factor para que los pobres permanezcan en la pobreza.

Si, como he apuntado párrafos arriba, las estrategias domésticas son importantes para evaluar la pobreza urbana; y si las condiciones de trabajo están cambiando debido a los procesos de reestructuración, entonces el estudio de la familia, el hogar y los ciclos de vida y doméstico deben ser tomados en cuenta, sobre todo en su relación con el trabajo formal y no formal. La informalidad, por cierto, permanece ausente en la literatura sobre pobreza en Monterrey. Esto es de llamar la atención, sobre todo si se toma en cuenta que estudiosos como Escobar (1996: 550) advierten sobre la importancia de la articulación entre el Estado, la economía capitalista (formal) y el trabajo informal.5

Griffin y Khan (1978: 298) insisten en que la fuerza de trabajo que permanece en el subempleo o en el empleo informal no sólo realiza tareas de muy bajo nivel de productividad, sino que además padece de bajas motivaciones, mala salud y hasta presiones por situaciones de injusticia debido a su vulnerabilidad. Se corre el riesgo de dejar de lado todos estos elementos cuando se miden solamente los índices de informalidad o subempleo usando métodos estadísticos.

Como se puede adivinar, es necesario complementar estudios cualitativos y cuantitativos. Es cierto que estos últimos pueden ayudar a comprender mejor los cambios en los niveles de pobreza, pero sobre todo favorecen el estudio del comportamiento de la estructura económica como un marco que dé perspectivas sobre la eficiencia y pertinencia de ciertas acciones a seguir en materia de atención a la pobreza.

La única estructura a estudiar no es la económica. El poder político debe ser tomado en cuenta. En su estudio sobre la pobreza en diez regiones de alta desigualdad en Asia, Griffin y Khan (1978: 300) encontraron en todos los casos una fuerte relación entre los grupos que ostentan el poder político y aquéllos que poseen la mayoría de la riqueza, de entre los cuales emergen los técnicos, administradores y gobernantes. Aunque no es su intención, Cerutti (2000: 229) muestra cómo los apellidos de los accionistas de las principales empresas regiomontanas coinciden con muchos de aquéllos que integran la clase política del estado de Nuevo León, por lo que podemos presumir similitud con los casos asiáticos.

La estructura política no está compuesta sólo por la elite. Al igual que en los tiempos de las grandes invasiones, en la actualidad los pobres mantienen relaciones clientelares con uno de los principales partidos políticos del estado, el PRI. Para los pobres de Monterrey, el acceso a la propiedad de la tierra, a vivienda o el derecho a un trabajo, aun y cuando éste sea dentro de la informalidad, depende en muchos casos de este tipo de vínculos. Las relaciones partidistas clientelares son, tal vez, un capital mucho más importante que los beneficios recibidos de programas gubernamentales. De aquí la relevancia de realizar estudios al respecto.

La relación entre migración al AMM y pobreza es otro pendiente para el estudio de la pobreza en la zona. ¿De qué manera los migrantes actuales se insertan en la economía, la sociedad y la política regiomontana? ¿Hasta qué grado la economía capitalista regiomontana aprovecha el trabajo informal de albañiles, subempleados, vendedores ambulantes y hasta empleadas domésticas? ¿Cómo impacta la migración al crecimiento urbano? Y por otra parte, ¿qué actitud social recibe a los foráneos?

Como mencioné, en los estudios coordinados por López en dos sectores en pobreza y pobreza extrema en el AMM se encontró que todavía buena parte de sus habitantes son inmigrantes. Pero se carece de estudios sobre otras zonas del área para poder hacer comparaciones y delinear perspectivas. Aunque lejanas, aquellas olas migratorias trascendentales en el proceso de urbanización de Monterrey no deben ser dejadas de lado. Surgen interrogantes en el sentido de la relación que la población regiomontana mantiene con regiones como San Luis Potosí, Tamaulipas, Coahuila o Zacatecas, y cuál es la relevancia de éstas en la conformación social y económica de la región.

La migración internacional también debe ser tomada en cuenta. El AMM se ha convertido en zona expulsora, por lo que se hacen necesarios estudios sobre el impacto de este fenómeno en la economía y la sociedad regiomontanas. Al respecto, sólo se cuenta con un estudio que muestra que la migración internacional ha sido utilizada como estrategia por muchos regiomontanos en los momentos de crisis de la industria.6

Finalmente, para responder a las necesidades del estudio de la pobreza en la zona, se hace necesaria la conformación de una infraestructura institucional que permita el desarrollo de investigaciones que brinden elementos para la comparación en el tiempo y el espacio. De manera paralela, dichos procesos de investigación deben considerar la comunicación y difusión que permita la innovación en materia de atención a la pobreza. Sin el respaldo institucional (académico, gubernamental) difícilmente los estudios superarán la línea de los datos brutos, la falta de coordinación y la ausencia de propuestas, tal y como ha sido hasta ahora.

 

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Recibido 3 mayo 1995    |    Aceptado 25 mayo 1995    |    Publicado 1995-06

Anthropological reflections for the understanding of poverty and human inequalities

Profesor Titular de Antropología Social, Universidad de Almería (España). Director del CEMyRI

La pobreza, la marginacióm, la miseria y las desigualdades sociales no son algo históricamente superado. De los 5.660 millones de humanos que pueblan la Tierra, sólo 1.200 millones viven en el hemisferio Norte o desarrollado; el resto lo hace en países del Tercer Mundo, subdesarrollado. En este artículo, pobreza se refiere a empobrecimiento (capitalista). No se trata tanto de sus formas cuantitativas («medir pobres»), sino de reflexionar sobre los orígenes de la pobreza y los procesos del empobrecimiento. ¿Por qué no se erradica en la actualidad la pobreza, si es objetivamente evitable? Ésta es la tesis: porque los pobres son y han sido necesarios -económica, social, política, moral, religiosa y militarmente- para la supervivencia del mundo moderno.

Poverty, marginalization, misery, and social inequalities are not something historically overcome. Between the 5.660 million human beings populating the Earth, only 1.200 million live in the North or developed hemisphere; the rest are in Third World, underdeveloped countries. In this article, poverty refers to (capitalist) impoverishment. It is not a matter of quantitative forms («to measure poor people»), but rather a reflection on the origins of poverty and the impoverishment processes. Why is poverty still not eradicated, if it is objectively possible? This is the thesis: because poor people are, and they have been, necessary -from an economic, social, political, moral, religious and military point of view- for modern world survival.

desigualdad humana | miseria social | antropología de la pobreza | subdesarrollo

Hablar, desde Occidente –las sociedades industriales del Norte–, de la pobreza y la marginación, de la miseria y las desigualdades sociales, pudiera parecer algo ya históricamente superado. No es así. Lo confirman los millones de pobres a los que me referiré: los involuntarios –pues no han elegido su estado–y prácticamente perpetuos –sumidos en la trampa que tiende la pobreza–.De los 5.660 millones de humanos que pueblan la Tierra, solo 1.200 millones viven en el hemisferio Norte o desarrollado; el resto lo hacen en países del Tercer Mundo, subdesarrollado: basta recordar el continente africano–Etiopía, Somalia, Ruanda, Chad– o las grandes áreas de América Latina o Asia –Bangladesh, India–, estados que viven en medio de una pobreza absoluta –personas que carecen de comida y abrigo–.

No obstante, la pobreza y el empobrecimiento también aparecen en bastantes regiones, comarcas y pueblos de occidente; referidos a España, Andalucía o Extremadura son claras manifestaciones.

Sin embargo, a lo largo de estas páginas, cuando hablo de pobreza, entiéndase que me refiero sobre todo al empobrecimiento(capitalista). Generalmente, en los discursos sobre la pobreza, muchos científicos –entre ellos los españoles (cf. Tortosa 1993: 87 ss)– y políticos aluden a sus formas cuantitativas habituales: determinar el número de pobres, en un momento dado y en una sociedad concreta. Por encima de todo son estudios economicistas. En mi intención no está «medir pobres»: sus aspectos cuantitativos–aunque son imprescindibles para calibrar la gravedad de este problema mundial–carecen de importancia si no hay, a la vez, cambios cualitativos, intelectuales, sociales y políticos respecto a ellos (1). Incluso cuando se ha aplicado alguna medida, por separado, normalmente se llega al fracaso.

Como dice C. Lles,«los estudios [sobre la pobreza] de los años ochenta, igual que los de los años sesenta, se caracterizan por un empirismo cuantitativista y descriptivo escasamente analítico. La realidad, troceada funcionalmente, se describe y caracteriza por una necesidad imperiosa de actuar, pero no de entender» (Lles 1989: 185). Por tanto, es más positivo reflexionar sobre los orígenes de la pobreza y, sobre todo, sobre los procesos del empobrecimiento, ya que su estudio «proporciona una visión más adecuada, completa y rica del funcionamiento de una sociedad o del funcionamiento del mundo» (Tortosa 1993: 29).

He de advertir que desigualdades humanasy empobrecimiento –conceptos claves de este artículo–son diferentes, aunque ambos guardan una relación directa. Las desigualdades establecen diferencias sociales (de estatus o clase social o diferencias étnicas, religiosas). El empobrecimiento, además, genera hambre, miseria, necesidades primarias insatisfechas, injusticia y violencia (2).

Con otros términos, a las puertas del siglo XXI, la cuestión no es únicamente preguntarse si aún existen desigualdades sociales y empobrecimiento, en el sentido integral del término, sino también analizar por qué entre ricos y pobres las diferencias son cada vez más dilatadas e insalvables; por qué los pobres son cada vez más pobres. El capitalismo moderno ha aumentado el número de ricos y ha mantenido a un alto porcentaje de familias en la mitificada «clase media» (la séptima parte de los seres humanos); en el siglo XVI no había el 1% de«ricos»,en términos simbólicos. Sin embargo, apenas ha mejorado el sector de la población mundial más miserable y desfavorecido, que continúa superando el 30% de la humanidad: es el grave problema del subdesarrollo. Sin olvidar que, al mismo tiempo, en el propio capitalismo occidental también se han creado más pobres. Es lo que se ha dado en llamar el Cuarto Mundo (3). En Estados Unidos se calculan unos 36 millones de pobres; unos 18 millones en la Europa Occidental. En el mundo hay al menos en extrema pobreza unos mil millones de seres humanos.

¿Por qué no se erradica en la actualidad la pobreza, si es objetivamente evitable? La tesis que defiendo es porque los pobres son y han sido siempre necesarios–económica, social, política, moral, religiosa y militarmente– para la supervivencia del mundo moderno; un mundo que camina, como siempre (al menos desde el siglo XVI), guiado por los dictámenes que interesan a las clases dominantes, que en la actualidad no son otras que las clases (=intereses) internacionales de las multinacionales (4). Aun sabiendo que el sistema mundial capitalista no debe conceptualizarse como un ente inmutable, sino como algo en continuo cambio, aunque con algunas características básicas permanentes.

Para su mejor exposición y análisis, divido el artículo en varios apartados: una definición de pobreza, que aquilate el término en sus variadas acepciones, con un breve recorrido histórico. En segundo lugar, hablo de la cultura de la pobreza, aunque es un término que no todos los científicos aceptan. A continuación abordo la pobreza y el empobrecimiento como problemas políticos y sociales. Termino con una aproximación al Sur, como el hemisferio pobre, las relaciones Norte-Sur y la orientación que están siguiendo tras la caída del comunismo en la Europa del Este.

1. Hacia una definición de pobreza

En realidad, no pretendo tanto un exhaustivo análisis conceptual, cuanto la observación de las situaciones en las que los individuos están fuera, al margen, de la sociedad en la que viven, a los lados (5) de la corriente principal de esa sociedad.

Los términos pobre, pobrezao empobrecimiento no han sido nunca uniformes, sino que, según los períodos históricos, teniendo en cuenta las variables económicas, sociales, políticas, militares e incluso morales y religiosas, han ido variando y tomando diferentes connotaciones. De aquí la amplitud y diversidad del concepto, que, en definitiva, refleja un estado de diversos tipos de carencias de, al menos, alguna clase de bienes importantes para la vida social e individual. La pobreza es un estado de debilidad, de dependencia, de subordinación o humillación, respecto a la privación de medios para conseguir la subsistencia, pero una existencia humanamente digna; medios de todo tipo: económicos, sociales, de poder o saber, de salud, de honra, etc., aunque no han de faltar todos en la misma persona.

Por tanto, la pobreza no se puede considerar como un modelo único y absoluto, será siempre un criterio relativo, pero nunca podremos desligarlo de la noción de diferencia, de insuficiencia, de carencia en las necesidades básicas (de desigualdades humanas económicas). Carestía de un bien que cualquiera desea poseer –pues en verdad lo necesita– y del cual el pobre escasea o no tiene (los bienes, como veremos, van cambiando según la mentalidad social vigente en cada período histórico). Por ello, es una dificultad siempre añadida tener que ir determinando en cada momento qué se entiende por la noción «necesidad básica»,sobre todo cuando se quiere llegar a acuerdos universales al respecto. Así, el debate sobre estas y otras cuestiones metodológicas es bastante conocido (Piachaud 1987; Coulter 1989; Deeleck-van den Bosch 1990) y difícilmente se cerrará, ya que aparece como un callejón sin salida. Es lo que podríamos llamar el principio de indeterminación de la pobreza.

No obstante, una aproximación al término podría quedar, grosso modo, así: «una situación forzosa o voluntaria, permanente o temporal, de debilidad, de dependencia y de humildad, caracterizada por la privación de medios, cambiantes según las épocas y las sociedades, relativos al poder y a la consideración sociales: dinero, fuerza, influencia, ciencia o calificación técnica, honorabilidad de nacimiento, vigor físico, capacidad intelectual, libertad y dignidad personales»(Mollat 1978: 10). Aquí me refiero, como dije, a los pobres forzosos, permanentes y privados de los bienes económicos y sociales básicos. Sin entrar en discusiones semánticas, es pobre quien tenga insatisfechas sus necesidades básicas de forma permanente e involuntaria.

El concepto de pobreza ha ido cambiando con el tiempo y los diferentes modos de vida: en una sociedad guerrera eran pobres principalmente quienes no disponían de armas: los desarmados. En el mundo medieval, la pobreza fue, de hecho, una realidad cotidiana; hasta el siglo XIII, los pobres eran quienes carecían de la condición de señores, es decir, el pueblo llano, los campesinos. Desde comienzos de la era cristiana hasta 1850 hubo en Europa trescientos cincuenta años de hambre: una hambruna cada década (Lohr 1959).

A partir de entonces, con el nacimiento y crecimiento de los burgos o ciudades y la instalación en ellos de los comerciantes y mercaderes, aparece el pobre de ciudad o mendigo, andrajoso, enfermo, colocado a la puerta de los monasterios de las órdenes mendicantes, para recibir la limosna diaria. Tal fue la extensión de la mendicidad, que el mismo Felipe II la autorizaba en 1565:«se sirva de que los pobres de Dios mendigantes verdaderos destos reynos, se amparen y socorran». En este contexto de pobreza y mendicidad hay que situar la aparición del pícaro, persona que no se resigna a su estado e inventa cualquier subterfugio para conseguir comer (6).

Durante los siglos XVI al XIX, son pobres, en las ciudades, sobre todo quienes no tienen un oficio especializado y no pertenecen a los gremios; en el mundo rural, las familias que carecen de tierras, los jornaleros o braceros. A partir de la revolución industrial la pobreza dejó de ser un fenómeno universal e inevitable y apareció la pobreza individual. En los países industriales «pobre» y «obrero» eran prácticamente sinónimos, tanto en el pensamiento marxiano como en la encíclica Rerum novarum. La explotación salarial se extendió también a mujeres y niños. Si querían completar los ingresos necesarios, las familias trabajadoras no tenían más remedio que recurrir a la mendicidad, el robo o la prostitución de sus mujeres (7). Por eso Marx enfatizó en El capital su famosa «ley de pauperización creciente del proletariado»: la explotación del trabajo –y el trabajador– por el capital –y el capitalista–.

En la actualidad consideramos pobres a las personas que, excepto sus clases dominantes, habitan en el Tercer Mundo, subdesarrollado y oprimido; en él se aprecia la expresión más exacta de la pobreza actual: hambre endémica, miseria, hábitat insalubre, enfermedades crónicas, etc. En el occidente desarrollado, la pobreza no se ceba tanto en los trabajadores como en los no productivos o no rentables (8): el sistema capitalista, que ha hecho de la obtención del beneficio máximo el motor de la economía, es lógico que siempre tendrá que prescindir de aquellos ciudadanos que no sean plenamente funcionales. Por ello, la gama de pobres se ha ampliado, abarcando desde la población marginal–la mayoría de los jubilados, discapacitados, minorías étnicas; gitanos, hippies, inmigrados ilegales–, hasta los trabajadores de economía sumergida o «trabajo negro», los parados, desempleadosy los transeúntes o los «sin techo»; las prostitutas, delincuentes y drogodependientes, etc. (Maestre 1974; Montaño 1987).

También, pues, en el estado del bienestar han aparecido lo que podemos llamar nuevos pobres (el Cuarto Mundo, dentro de Occidente). Las sociedades opulentas consideraron siempre que el empobrecimiento era un fenómeno residual e hicieron lo posible por mantener a los pobres extramuros para que no empañaran el optimismo y la buena conciencia de los demás. Sin embargo, en la última década, la crisis –económica, política (estado del bienestar) y de valores– ha asestado un duro golpe a dicho optimismo y, como digo, se han incrementado los no productivos, en una especie de lumpemproletariado.

Obsérvese como los tres factores se retroalimentan y se configuran en un círculo vicioso: la crisis económica priva de empleo a muchos individuos; la crisis del estado del bienestar los deja casi sin protección alguna; por tanto, se ven obligados a la supervivencia, con trabajos clandestinos, la delincuencia y la prostitución: rompen con los valores sociales y morales establecidos. Además, en las grandes ciudades el hábitat de estos nuevos pobres es la periferia, áreas degradadas social y urbanísticamente (en lo que H. Lefèbvre (1983) denomina la«anticiudad»o la «no ciudad»).

Aún dentro de la pobreza, siempre ha habido una distinción más, los pobres de solemnidad. El pobre, por lo común, tiene fuerzas para trabajar y ganarse el sustento diario, aunque las circunstancias socioeconómicas del momento no se los posibiliten. Sin embargo, el pobre de solemnidad suele ser un enfermo crónico, imposibilitado, sin ninguna otra ayuda que la caridad de los demás o el oficio de la mendicidad, que a veces ni el mismo puede desempeñar.

Ya he apuntado que la pobreza no es un término unívoco, no es separable de la cultura donde se inscribe, ni de la estructura social y el desarrollo que cada país o región haya alcanzado, por ello es muy difícil señalar el«umbral de la pobreza»: el nivel mínimo de necesidad cubierto por una persona, familia o grupo social humano. En efecto, no es fácil llegar a acuerdos relativamente universales sobre el nivel de insatisfacción que puede considerarse constitutivo de pobreza. Por ejemplo, un determinado insumo de calorías no es igual en un hombre que en una mujer, y depende mucho de la actividad física o profesional que cada uno desempeñe, la latitud geográfica en la que se encuentre, etc.

Sin embargo, a pesar de la dificultad para señalar el «umbral de la pobreza», creo que hay una cualidad que determina más que ninguna otra al empobrecimiento: es el hambre (Comisión… 1985). Tradicionalmente todos los pobres pasaron o pasan hambre. En la actualidad, la mayoría de los pobres que genera el mundo desarrollado no pasan un hambre física, o al menos no mueren de hambre; pero sí sufren un «hambre social»: desigualdad de oportunidades, falta de prestigio («solo se cría buena sangre con pan y carne»), padecen necesidades económicas, «hambre de justicia» y «hambre de libertad», entre otras.

En el Tercer Mundo, los pobres siguen pasando hambre y carencias físicas, causa por la que su tasa de mortalidad es altísima, sobre todo en niños de corta edad, y sus expectativas de vida y longevidad son muy cortas. El informe que elaboró, en 1985, la Comisión Independiente sobre Asuntos Humanitarios Internacionales es muy claro al respecto. Referido principalmente al continente africano, la comisión afirma que «el hambre podría definirse como ese instante en que el acceso normal de un grupo humano a los alimentos queda colapsado de tal forma que se origina una inanición masiva. Pero el concepto no se limita únicamente a esto. El hambre también se caracteriza por la desorganización general que surge cuando los afectados comienzan a emigrar, rompiendo radicalmente con su comportamiento tradicional en la búsqueda de alimentos»(Comisión… 1985: 30-31). Esto es, el hambre es sólo la punta del iceberg de una profunda crisis.

Lo que diferencia el hambre, a secas, de la escasez de alimentos y de la inanición es que aquélla es un factor político; es decir, las personas que se mueren de hambre, en su desesperación, huyen de sus hogares, dejando lo que es un problema personal en manos de otros: los gobiernos o estados vecinos. Así se explica los más de 10 millones de refugiados que hay en África, huidos de sus países, tratando de evitar la muerte. Ahora bien, como el hambre no significa únicamente morirse de inanición, sino que es también un profundo desmoronamiento social que acarrea unos trastornos que no pueden ser ignorados, las víctimas del hambre son una amenaza para la estabilidad mundial (recuérdese la díada de J. Galtung: hambre-violencia). En África hay unos 100 millones de personas que presentan hambre crónica y desnutrición como su estado de salud normal. Aquí radica la diferencia entre inanición y amenaza de hambre endémica.

La conclusión del informe es bien clara:«el problema del hambre puede evitarse en cualquiera de las etapas del proceso, desde su génesis, en la pobreza rural y en los fracasos en la producción de alimentos, hasta la reducción de las comunidades a la miseria y la inanición. Es más, sus causas son mucho más complejas que una simple mala suerte con la meteorología. Pensar sencillamente que eso, la falta de lluvias (…) impedirá que las cosechas progresen y hará que la gente se muera de hambre, podría ser una cómoda abdicación de cualquier responsabilidad humana sobre lo acontecido. Sería una simplificación engañosa»(Comisión… 1985: 30). Por tanto, la alimentación es en el pobre un menosprecio de clase.

Ahora bien, el hambre y la miseria consustancial a la pobreza no engendra sólo a un pobre económicamente, sino que, por sus carencias, conlleva asimismo un problema social y político tan amplio y complejo que abarca todo el sistema social.

2. La cultura de la pobreza

¿Existe, entonces, una culturao subcultura de la pobreza? La diversidad de naciones, sistemas políticos, lugares, etnias, costumbres, etc., y la opacidad del sistema en sus extremos, dificultan hablar al respecto de similitudes y generalizar sin riesgo a equívocos. Incluso no faltan investigadores sociales que aseguran que no existe la pobreza, sino pobres.

Varios aspectos se suman a esta complejidad: uno, el estudio del pauperismo y el empobrecimiento están sujetos a modas; ya que si el universo de los pobres no puede ser disociado del resto de la sociedad, los estudios de ésta –en alguna medida–obligan al análisis de aquéllos, con los cambios metodológicos obligados. O lo que es igual: si en México, en los años sesenta, O. Lewis (1968) puso de moda el concepto «cultura de la pobreza»,hoy en los Estados Unidos se ha producido un notable cambio en el vocabulario público al respecto y la palabra «pobreza» ha desaparecido prácticamente del mismo. Ha sido sustituida por underclasso lumpen class, la «infraclase», o por la nueva pobreza estructural (aunque el concepto también varía según la óptica que cada científico social –o político–adopten). En Latinoamérica se habla de feminización de la pobreza y en la Unión Europea, para referirse a«los nuevos pobres», los llaman colectivos menos favorecidos(corriendo los gobiernos el riesgo del olvido de los «pobres tradicionales»).En los países de Europa del Este prefieren denominarla como personas con renta baja (Tortosa 1993: 21-27).

En segundo lugar, aun aceptando que podamos hablar de la existencia de una subcultura de la pobreza, generalmente conviene hacer una distinción entre el pauperismo del mundo urbano y el del mundo rural. En la ciudad los sectores de pobres son grandes y, sin duda, el tipo de vida que éstos adoptan es diferente al modo de vida que realizan los pobres campesinos.

Tercero, podríamos hablar de una pobreza del mundo desarrollado o estado del bienestar y una del Tercer Mundo, con rasgos propios que caracterizan a ambas.

Sin embargo, todos los pobres presentan en común el desarrollo que han tenido que hacer en sus sistemas de vida y defensa, dentro de una sociedad que no los protege y los ignora. Por ello, la pobreza tampoco puede entenderse como una actitud individual, considerada como patológica; más bien, al contrario, una repetición de actos a nivel colectivo que cobran sentido en el grupo donde se presentan –la solidaridad y la ayuda mutua–, como algo dotado de lógica, natural y necesario: de otro modo no podrían sobrevivir. El contexto social del pobre puede permitirle recibir ayudas no monetarias de familiares o amigos e incluso practicar ciertos niveles de autoabastecimiento.«La cultura de la pobreza no es tan sólo un conjunto de datos negativos, sino también de cualidades que resultan positivas para la subsistencia del grupo» (Maestre 1974: 75-6).

Teniendo en cuenta estas dificultades, ¿es correcto hablar, pues, de cultura de la pobreza? En gran medida pienso que sí. Como dijo O. Lewis «la pobreza sugiere antagonismos de clase, problemas sociales y necesidades de cambio; por ello, las bolsas de pobreza crean una subcultura por sí mismas» (Lewis 1968: 17). El mismo Lewis destaca las propiedades económicas, psicológicas y sociales de esta subcultura. «Los rasgos económicos más característicos de la cultura de la pobreza son la lucha constante por la supervivencia, el subempleo, el paro, bajos salarios, una variedad de empleos no cualificados, trabajos de niños, ausencia de ahorro (…), falta de reservas de alimentos en los hogares (…), empeñar objetos personales, recurrir a prestamistas que practican la usura (…), vestidos adquiridos a bajo precio.

También existen unos rasgos sociales y psicológicos, tales como vivir en barriadas de gran densidad de población, falta de intimidad, el espíritu de gregarismo, el alcoholismo, el recurso a la violencia como medio para solucionar las disputas, los castigos corporales infringidos a los niños, pegar a las mujeres, iniciación precoz en la sexualidad (…), frecuente abandono de la mujer y los hijos (…), acentuada predisposición hacia el autoritarismo (…), creencia en la superioridad masculina (…), preferencia por el presente; y por último, una tolerancia general por todos los casos de psicopatología» (Lewis 1970: 31-32).

Creo que la gran aportación de O. Lewis a este tema fue presentar la independencia del fenómeno miseria y su configuración en un movimiento oscuro, persistente y cerrado; así como haber intuido que la situación de pobreza y de vida en condiciones miserables no era una fase transitoria o temporal.

En consecuencia, esta subcultura tiene su base en lo que podemos llamar el círculo vicioso del empobrecimiento, jalonado por el involuntarismo y el perpetuamiento a los que ya me he referido. Es decir, la pobreza engendra pobreza, incluso en las condiciones óptimas; se transmite y se perpetúa a sí misma.

El siguiente paradigma-tipo muestra la interrelación de los diversos elementos y su concretización (el círculo vicioso): que va desde lo primordial en la sociedad (el trabajo-ingresos) a las formas de ser y de vivir, que al mismo tiempo influyen en el primero; por ello ha de ser tomado como un círculo, un conjunto o una cadena (a la que se puede entrar por cualquier momento). Es el efecto reproductor de la pobreza. No son simplemente unas «carencias», es algo que pasa desde «ser personas» a ser «una forma de vida».A saber:

Los padres buscan sus ingresos familiares, al carecer de cualificación, fuera de un trabajo estandarizado, incluso en la economía sumergida. El ambiente familiar se desequilibra, lo que produce agresividad, sobre todo respecto a mujeres y niños (malos tratos). En situaciones similares cada uno busca salida por su cuenta: alcohol, abandono, prostitución. Los hijos buscan liberar su tensión fuera de la casa, en pandillas, drogas; lo que conforman una personalidad propia –heredada–. Cualquier efecto escolar suele ser negativo: retraso, faltas de asistencia. Por tanto, desarrollan sus capacidades«paralelamente»a lo que se considera habitual en la sociedad (desde pequeños viven de la mendicidad, recogida de basuras, venta ambulante). Es muy probable que reincidan en el proceso que sus padres iniciaron:

1. Empobrecimiento/desempleo: hambre, enfermedad.
2. Subsistencia a toda costa: prostitución, trabajo sumergido.
3. Situación familiar: malas condiciones, hábitat, hacinamiento.
4. Inmaduración en los hijos: absentismo escolar.
5. Mínima cualificación profesional: trabajos marginales.
6. Pocas posibilidades de trabajo: desempleo/empobrecimiento.

Para José María Tortosa, los factores del empobrecimiento también se conforman en un círculo vicioso e introducen a los individuos en sustratos de pobreza. Son de índole económica, política, culturales y militares. A cada uno les corresponde, respectivamente, en un enfoque estructural: la crisis económica, el paro y la precariedad; la quiebra fiscal del estado y el neoliberalismo; el individualismo, el darwinismo social y la quiebra de la solidaridad; el armamentismo y las guerras. Desde un enfoque individual: la falta de medios o previsión, el endeudamiento; la marginación política; las patologías y la falta de «capital cultural»y, en lo militar, la violencia directa (Tortosa 1993: 110-112).

Concluyendo, si el empobrecimiento, la pobreza y la marginación conforman la dimensión estructural de un estilo de vida definitivo, propio y común, a un sector de la población, se puede hablar, con propiedad, que sus miembros se engloban dentro de una cultura o subcultura de la pobreza.

3. La pobreza, un problema político y social

La miseria, salvo actitudes voluntarias de rechazo a lo material –que son más bien vidas de ascetas o de austeridad–,no tiene aspectos que compensen sus males. Por tanto, nadie quiere ser pobre, de manera obligada, prolongada o endémica; porque la pobreza siempre ha degradado la condición humana, la ha rebajado hasta lo más ínfimo. Ser pobre es un descrédito social y humano. ¿Quién se resignaría a vivir toda su vida envuelto en miseria si pudiera salir de su situación? Como expongo a continuación, el empobrecimiento representa y se caracteriza por la nada: social, económica y políticamente; a los cristianos, como veremos, sólo les queda el consuelo del amor a Dios y la esperanza de una vida mejor en el más allá. El empobrecimiento, en suma, no es bello en ninguna parte, ni en ningún momento. La pobreza no es ética ni estética. Las necesidades básicas, insatisfechas de continuo principalmente arrastran enfermedades; y con éstas viene el dolor, la desesperación y la muerte prematura.

Desde el advenimiento del capitalismo desarrollado y el estado del bienestar, el problema del empobrecimiento quedó convertido, sobre todo, en una cuestión política y social, pues el pobre es un desigual y un marginado. Ahora bien, ¿hay alguna respuesta contundente para estas situaciones? Es real que en los dos últimos siglos la pobreza social y las desigualdades humanas han preocupado a multitud de gobiernos; pero ninguno ha tratado de erradicar el empobrecimiento con medidas cualitativas, que conlleven, al mismo tiempo, cambios políticos, económicos, sociales e intelectuales. Las únicas respuestas han sido librar fondos públicos para paliar los efectos de las desigualdades económicas: ayudas para el alquiler de vivienda, alimentación y ropa. Por ello, en los estudios sobre pobreza que realizan o encargan sólo les preocupa «contar pobres»; todos sus estudios son numéricos y economicistas, a pesar de las dificultades que presentan las diversas metodologías empleadas en sus diagnósticos (renta familiar, recursos sociales, niveles mínimos de subsistencia, etc.). Su pobreza siempre viene monetarizada.

A esto subyace, como José M. Tortosa ha visto, «que las cifras de pobreza son un indicador de los éxitos o fracasos de una política y, por ello, son utilizadas en la lucha partidista o en porfías, por ejemplo, [en España] entre el silencio vergonzante del Ministerio de Asuntos Sociales y los machacones 8 millones de pobres según Cáritas» (Tortosa 1993: 102). En función de quien sea, realzando el éxito o el fracaso, tratará de maximizar o minimizar el número de pobres. Pero, al final, tampoco la cantidad de pobres vale para realizar provisiones presupuestarias, más acentuada la dejadez en una época de crisis económica, como la que vive Occidente.

Tanto los gobiernos como muchos investigadores olvidan que los pobres no sólo lo son de bienes materiales, sino también, entre otros, de información y acceso a ella, de cualificación profesional, de educación y equilibrio personal y social; y esto no se combate sólo con dinero público que reparte leche, abrigos y asistencia social entre los menesterosos de los barrios marginados. Porque las estructuras socioeconómicas, políticas y militares que generan el empobrecimiento, nacional e internacionalmente, siguen inamovidas.

Socialmente, a medida que ha ido creciendo el número de familias cuyas necesidades más imperiosas están cubiertas, también crece su insensibilidad social, y con ella el desprecio hacia los menesterosos (personas y familias que se sitúan debajo). En los siglos pasados, la insensibilidad acarreó un descenso muy notable de las ayudas y limosnas personalizadas, y, por tanto, el aumento de necesitados. Tras ello, un descrédito generalizado de los mejor situados hacia la pobreza, al mismo tiempo que al pobre se le identificaba y definía como a un malhechor, holgazán, vagabundo, delincuente, mendigo, «mal trabaja». Tras la prohibición de la mendicidad en el siglo XVII, las cárceles se llenaron al instante de pobres que vivían de la caridad. Los más ricos anularon sus limosnas a particulares y las dirigieron hacia los hospicios, hospitales, órdenes religiosas mendicantes, cofradías y curatos, para que ellos las repartieran cristianamente hacia los «verdaderamente necesitados» (9); la historia pone de manifiesto que la pobreza no descendió, aunque sí crecieron las propiedades eclesiásticas y el número de pordioseros que vivían al cobijo de las puertas de los monasterios.

Con el inicio del precapitalismo y el capitalismo, la pobreza se extiende más aún y la población saneada se vuelve más insensible con los pobres, ya que éstos quedan sin justificación social y económica: el afán de lucro, de adquirir bienes económicos, de ascender en la posición social, de obtener dinero y prestigio –la fama–, alcanzar poder, es ideológicamente posible para todos: sólo hace falta trabajar, trabajar sin descanso si es preciso. Aunque, por entonces, el trabajo de 12 o más horas diarias, mal remunerado y físicamente agotador, tampoco repartió riqueza. El éxodo campo-ciudad que produjo la revolución industrial modificó el paisaje físico y social de las ciudades; las familias trabajadoras emigradas a la ciudad se vieron obligadas a vivir en ambientes insalubres, desarraigadas del mundo rural en el que habían crecido; y, sobre todo al principio, esta revolución sólo produjo más empobrecimiento y miseria, más explotación humana –incluyendo a mujeres y niños–, enfermedades, accidentes laborales y muertes prematuras.

Esta insensibilidad hacia la pobreza parece que aconseja «vivir alejados de ellos». Más que la existencia de las propias chabolas preocupa que estén cerca de nuestra casa; y a los políticos, que estén en un sitio que se vean. En lugar de aceptar que la pobreza es una problemática que nos incumbe a todos de alguna manera, teniendo la obligación de combatirla, individualmente atacamos a los pobres, tildándolos de vagos, holgazanes, drogadictos, «camellos», etc. Por esta razón, en el Informe de la Comisión Independiente sobre Asuntos Humanitarios Internacionales, se dice: «la palabra ‘hambre’ implica, para quien la utiliza, la obligación de hacer algo al respecto: conseguir ayuda, censurar a los que no hacen lo suficiente, contribuir a la recogida de fondos; en suma, nos obliga a actuar en alguna dirección»(Comisión… 1985: 34).

También cabe, sin embargo, la pregunta: ¿han permanecido siempre los pobres sumisos a su situación? Ya he dicho que nadie desea ser pobre o marginado social. Ahora bien, las respuestas, violentas o pícaras, individuales o colectivas de los pobres ante su situación hay que entenderlas como una protesta desesperada a su estado de desamparo, más que como la búsqueda de una solución global al problema de la pobreza. Estas actitudes pueden englobarse en dos grupos: acciones individuales y acciones colectivas. Citaré exclusivamente algunas de las que se emplean en nuestros días en la sociedad occidental.

Individualmente la solución más clásica es el desarrollo personal de la astucia, ser un buscavidas, un pícaro. En cualquier gran ciudad se ven niños de corta edad pidiendo con sus madres –algunos incluso robados, comprados a redes que trafican con bebés–; niños de cinco o seis años vendiendo claveles, pañuelos, limpiando las lunas de los coches; ejercen la delincuencia fácil, el tirón del bolso, el robo de la radiocasete del coche. Hay rateros y estafadores, con un desarrollo de la picaresca social sin límites (Manrique 1977: 211-276): practican cualquier clase de timos; son guardacoches y«aparcacoches».Se convierten en camellos. Son utilizados en la economía sumergida; dan jornales a menor precio, etc.

También han actuado los pobres de manera colectiva: como las revueltas campesinas de los jornaleros, ya desde el siglo XIX, en Cuba, México, Brasil, China o España, con ocupaciones de fincas y latifundios. Creo, sin duda, que el estallido de violencia que tuvo lugar en Los Ángeles, los días siguientes al 29 de abril de 1992 (tras conocerse el veredicto que absolvió a cuatro policías blancos que habían dado una brutal paliza al ciudadano negro Rodney King, al detenerlo, el 3 de marzo del año anterior (10), fue mucho más que una reacción contra el llamado«caso R. King».

El veredicto (11) mostraba la inmensa desigualdad judicial que hay entre blancos y negros, consecuencia, una vez más, de las desigualdades clasistas entre unos y otros. No en vano la violencia estalló en South-Central, uno de los barrios más pobres de Los Ángeles, con un alto nivel de paro y la mayoría de sus habitantes negros. El sociólogo Joel Kotkin afirmó: «No se trató de unos disturbios raciales, fueron disturbios clasistas» (Newsweek, 11 de mayo de 1992). Así se explica que en éstos, en los saqueos, pillajes y actos vandálicos, participaran en igual medida blancos, negros e hispanos.

Una de las primeras víctimas fue R. Denney, un blanco de melena rubia, que había parado su camión en un semáforo en rojo, justo en el cruce donde estaban comenzando los motines. No pudo huir y cinco negros, de una pandilla, lo sacaron del camión y le aplastaron la cabeza con el extintor, golpeándole casi hasta la muerte. Fue rescatado por cuatro transeúntes negros y llevado al hospital. A continuación empezaron los disturbios totalmente incontrolados. Hubo 3.700 incendios que provocaron tanto humo que el mismo aeropuerto tuvo que cerrar tres días, por problemas de visibilidad; 58 muertos y 2.383 heridos. El saqueo y destrucción de miles de negocios, los edificios quemados y las propiedades destruidas superaron los mil millones de dólares en pérdidas. Disturbios similares estallaron también en San Francisco, Seattle, Atlanta, Pittsburgh, Las Vegas, pero no llegaron a semejantes niveles y fueron sofocados rápidamente, aunque en algunas zonas también se estableció el toque de queda.

La pregunta fundamental que corría era «¿qué pasó con el sueño americano»?¿Cómo unos podían tener tanta riqueza, mientras una parte muy significativa de la población había llegado a niveles de desesperación y marginación tales que les daba igual matar a sangre fría a seres inocentes? Más que un odio racial, fue la venganza de los pobres; para sofocarla tuvieron que intervenir las tropas de la Guardia Nacional (que no lo hacían desde 27 años atrás), con vehículos de combate y ametralladoras. El mismo presidente Bush movilizó a 4.000 soldados desde las bases en el desierto de Mojave.

Meses después, el actor Edward James Olmos, de origen mexicano y criado en el barrio este de Los Ángeles, protagonista de la película American Me, dijo: «no entiendo cómo alguien puede decir que le sorprendió lo que sucedió en Los Ángeles (…) Me sorprendió que no hubiese pasado antes» (El País, 6 de junio de 1992).

4. El Sur y las relaciones Norte-Sur, Sur-Este

A lo largo de estas páginas me he referido en más de una ocasión al Tercer Mundo, como el conjunto de países de mayor nivel de pobreza absoluta y estructural; el estado más flagrante que en el mundo moderno envuelve al hombre. Dos salvedades antes de seguir adelante: una, no es posible comprender su situación desligada de sus relaciones históricas con los países desarrollados del hemisferio Norte, como potencias colonialistas, en el pasado, y en la actualidad como metrópolis neocolonialistas. El desequilibrio Norte-Sur, Oeste-Este, es el factor más crítico y preocupante para la comunidad internacional, tanto por su amplitud como porque no parecen razonables –a corto y medio plazo– reducciones significativas en estas diferencias. También porque existen, en los países subdesarrollados, una serie de razones agravantes (tendencia de crecimiento económico negativo en África subsahariana; reciente deterioro en el Este, tras sus primeros esfuerzos de reorganización; en casi todos los países una frágil estabilidad política; un ensanchamiento de espacios de referencia, etc.).

Dos, nos referimos al Tercer Mundo y al Sur, pero, en realidad, ¿pueden definirse a sí mismos? y ¿cómo hacerlo? ¿Son algo que tiene por sí mismo una existencia propia? Ambos conceptos vienen unidos por el subdesarrollo endémico que padecen: su empobrecimiento y su marginalidad; a ellos me refiero. No obstante, sin olvidar que su dispersión geográfica es extrema: países sin recursos naturales limitan con productores de petróleo o con subsuelos que encierran riquezas potenciales; unos enormemente grandes –países-continente– y otros extremadamente pequeños; unos muy militarizados y otros apenas sin ejército; también se combinan democracias con dictaduras y monarquías. Es la fragmentación y división del Sur: grandes diferencias con una marginación común. Todo esto agrava su dificultad a la hora de concretizarlo. El Sur, pues, como dice Rufin (1993: 15-17), hay que inventarlo (además de que cada Norte tiene también un sur). En este artículo entiendo por Sur: África, Asia (excepto Japón y los 4 dragones: Taiwan, Corea del Sur, Hong Kong y Singapur), América Latina y la Europa del Este (12). Aunque en la segunda parte del epígrafe, aun dentro del subdesarrollo y las desigualdades, diferenciaré los países del Este de los del hemisferio Sur.

Es mi intención analizar un instante las propiedades más destacables del Sur y las relaciones entre hemisferios.

La década de los años 80 y sobre todo 1989-91 pasará a la historia como el momento de cambio de la posguerra y la guerra fría a la aparición de un«mundo nuevo» –«viejo», al mismo tiempo–: la caída del muro de Berlín, la desintegración de los regímenes comunistas, con la URSS a la cabeza, el despertar de los nacionalismos y los sentimientos religiosos, como en la ex Yugoslavia (13), etc. Además, en este nuevo mundo veremos surgir problemas que hasta ahora estaban silenciados y soterrados por el equilibrio del terror entre las dos superpotencias. El mayor problema que la comunidad internacional tendrá que combatir será cuando reclamen justicia y solidaridadlas zonas más deprimidas del mundo: el Sur.

Hasta ahora se tiene la impresión, desde Occidente, de que la única relación posible Norte-Sur (riqueza-pobreza) es de solidaridad y una relación de ayuda(en el fondo, tratando de evitar los flujos migratorios hacia el Norte, tratando de eliminar competidores en el reparto de los gastos asistenciales del estado del bienestar (cf. Gracio 1992) (14), caso de la reanudación de conversaciones sobre emigración de Cuba a Estados Unidos, tras el problema de «los balseros», en el verano de 1994) (cf. Brandt 1980). Sin embargo, habrá que dilucidar si sólo con ayudas económicas mejorará sustancialmente la situación de estos pueblos, si únicamente es un paliativo insignificante (15) o si urge su desarrollo integral.

Muchos científicos y políticos tienen fundadas esperanzas en que continúe desarrollándose a buen ritmo de aciertos la llamada revolución verde del Tercer Mundo (Étienne 1990: 57). Con ella se trata de buscar soluciones al problema más imperioso de alimentar a la población. La revolución verde se inauguró en 1950-65 en México, con resultados muy satisfactorios; se propagó a Asia en 1963-64. Se trata de adoptar innovaciones técnicas para aumentar los rendimientos tradicionales de trigo y arroz, sobre todo. En la actualidad esta revolución está prácticamente extendida a todas las zonas deprimidas: Asia, el Magreb, Oriente Medio, América Latina, África. Pero los ritmos de producción no están siendo en todos los lugares iguales, pues se precisa, según las zonas, mejorar el abono orgánico y químico, renovar a tiempo las simientes, aplicar tratamientos antiparásitos, lograr nuevas hectáreas de regadío, etc.; y las políticas de desarrollo de los mismos gobiernos son con frecuencia obstáculos para una implantación eficaz. Sin embargo, sus resultados globales aún no se pueden evaluar, pero tampoco parece que vaya a ser una solución estructural al problema del empobrecimiento en el Sur.

Igual que en los países desarrollados las diferencias entre ricos y pobres son cada vez mayores, el Tercer Mundo es cada vez más pobre. Es curiosa la contradicción que aparece en América Latina: la década de los 80 supuso el renacimiento de las democracias (excepto Cuba, Haití y Panamá, el resto de países tienen gobiernos democráticos), pero al mismo tiempo, ha habido un retroceso del desarrollo económico. Sólo en 1989, el crecimiento medio de los precios subió un 1.000%. Además, los países del Tercer Mundo arrastran un lastre muy difícil de superar: de un lado, la gran deuda externa, que en 1990 ascendía a casi 430.000 millones de dólares. Esto ha imposibilitado las inversiones y el desarrollo, la reducción de los recursos públicos, produciendo un empeoramiento de los niveles educativos, de la salud pública, de las condiciones de vivienda, del paro y el subempleo: aumento de la pobreza y miseria.

El crecimiento de estos países pasa sin duda, primero, de un lado, por una postura suya colectiva, firme y llevada hasta el final, y de otro, por el compromiso de reducir del monto de la deuda al menos el 50%, por parte de los Estados Unidos (aunque el plan Bush proponía hace unos años sólo una reducción de 12.000 millones de dólares) (Chonchol 1990: 61). Segundo, solucionar la enorme presión demográfica que sufren: la gran cuestión es alimentar a todos sus habitantes.

Referente al primer aspecto, apuntar que la deuda del Sur es, quizá, el problema económico más grave de nuestro tiempo: el sistema monetario internacional estuvo a punto de hundirse en 1982, por culpa de los préstamos al Tercer Mundo. El FMI está haciendo de mediador entre deudores y acreedores y garantiza el cobro de las deudas, pero no puede asegurar cuándo; en un plan tras otro se reconoce el carácter duradero de la deuda, y, como sabemos, la deuda ejerce un efecto deflacionista en la economía mundial (Irazábal 1993: 56-68). De momento el Banco Mundial ha determinado sólo otorgar préstamos a los países que se tenga garantía de que van a emplearse en potenciar su desarrollo (16) y que gocen de garantías sobre su devolución.

En segundo lugar, hay que comprender la relación pobreza-superpoblación. Según el Informe anual del Fondo de Naciones Unidas, en el año 1998, la Tierra tendrá unos 6.000 millones de habitantes (17) y 8.500 para el año 2050. El problema es que estas previsiones no están igualmente repartidas: Europa permanecerá estacionaria, mientras Asia duplicará, América Latina triplicará y África cuadruplicará su población. Es decir, el 95% del crecimiento mundial se produce en los países pobres y en vías de desarrollo; más del 50% vivirán en las grandes ciudades, en el año 2000. Si en muchos de estos países no hay materias primas para alimentar a tantos individuos, necesariamente un volumen de población mundial tendrá que emigrar fuera de sus lugares de nacimiento, tanto desde el campo a la ciudad como fuera del país. Esto es, con estas cifras no es descabellado pensar que las grandes migraciones están aún por llegar y cuyo final no es posible predecir cómo acabará; pues en ningún país del mundo se puede eludir el hecho de que la razón entre un territorio y la población que puede soportar no es infinita.

Queda claro que el contraste demográfico entre el Norte y el Sur es una clara oposición: los pueblos del Sur son pueblos innumerables. Normalmente en el Sur una población numerosa es sinónimo de empobrecimiento. Hay, por ello, que hacerse la pregunta de por qué no se establecen medidas de control de la natalidad. En algunos casos, como México –con la ayuda científica y técnica de los Estados Unidos–, la India –que a partir de los años cincuenta se embarcó en uno de los programas de reducción de la natalidad más extremo y costoso, con escaso éxito–,o China –cuyo control reciente está suponiendo para la población una verdadera guerra, con una planificación familiar«voluntaria»que ignora cualquier libre elección del individuo–, lo han intentado. ¿Por qué no se ha impuesto en el resto de países, que ven morir, sin remedio, a miles de conciudadanos, especialmente niños, mujeres y ancianos, malnutridos? Por qué los habitantes del Sur reaccionan de forma emocional y en contra de las campañas contraceptivas.

La pregunta que ellos se hacen es: ¿gente extraña –políticos extranjeros– conocen mejor que nosotros lo que nos conviene? A la hora de analizar los comportamientos reproductores de los campesinos del Tercer Mundo hay que entender que la clave del control demográfico se encuentra en el problema de «asegurarse la vejez»: en la mayoría de los países pobres los hijos constituyen la única riqueza y el único seguro cuando llegue la vejez: no tienen otra riqueza que su prole (18):«Desde un punto de vista paterno concreto, y considerando la utilidad que se obtiene a lo largo de la vida, se considera a los hijos por lo general como productores de diversas utilidades directas e indirectas que se pueden designar de forma conveniente como ‘utilidad derivada del consumo’ (…), como ‘utilidad derivada de la renta’ (los hijos contribuyen directamente a los ingresos de la familia con su trabajo) y como ‘utilidad derivada de la categoría social, de la seguridad y de los seguros’ (…); (seguridad, especialmente la de los ancianos; y seguros, dado que un hijo más puede generar diversas utilidades si otros hijos no logran hacerlo, principalmente debido a una mortalidad temprana)» (Stark 1993: 25).

Sin duda alguna, la natalidad comenzará a bajar cuando adquieran conciencia de que sus hijos vivirán seguro; entonces pensarán en asegurarles un buen nivel de vida. El desarrollo es el mejor contraceptivo.

He hablado del«seguro de vejez».Hay también otras razones: «cuanto más insistía el Norte en que el crecimiento demográfico era un drama, más cuenta se daba el Sur de que podía ser su arma» (Rufin 1993: 57). Es la «bomba P» de China. Etiopía y Nigeria, v. gr., han falsificado reiteradamente sus censos, para asegurar mejor su papel de líderes en la OUA. Incluso la propia rivalidad entre estados, comunidades y etnias les hace rechazar, a priori, el principio mismo de la regulación de la natalidad.

Otros elementos, como la religión, también influyen a mantener el alto nivel demográfico del Sur. En muchas ocasiones, como el fundamentalismo islámico, se oponen fuertemente a los programas de limitación de nacimientos.

El Sur ha comprendido que mantener alto el nivel de fecundidad causa pavor a Europa (19): más que su multitud, la incertidumbre sobre su número es lo que permite identificar hoy a los pueblos del Sur como bárbaros. Incertidumbre que impide conocer y predecir –desde Occidente– la evolución de esta situación. De aquí el miedo del Norte –y el combate que mantiene– a las migraciones extracomunitarias, llegadas desde el Sur:«el temor a ser invadidos por bárbaros» (20).

Por tanto, el problema del empobrecimiento y la población mundial deben ser abordados sin planteamientos egoístas. Según G. Tapinos, los diferentes factores susceptibles de amortiguar o reactivar las migraciones extracomunitarias sugieren una recuperación probable de los flujos en el inicio del siglo XXI. Los factores que condicionan el futuro de ciertas trayectorias migratorias pueden resumirse en cuatro casos posibles. Uno, posibilidad de una ruptura del sistema internacional que procurara masivos desplazamientos de población. Es un caso catastrofista, improbable, pues supondría el fracaso total de las reformas económicas del Este y del Sur, una ausencia de coordinación entre los estados, etc. Quienes preconizan esta posibilidad no quieren sino mantener el miedo a la invasión y apuestan por el cierre total de fronteras.

Dos, cierre total de fronteras (difícil de justificar y de practicar).

Tres, que Europa proponga políticas de empleo según contratos temporales (tratando de evitar la presencia masiva de extranjeros).

Cuarta posibilidad, que parece la más real: que la inmigración hacia Europa continúe, pues subsisten las razones originarias que las provocaron y que incitan a los futuros emigrantes a tomar el mismo camino que sus predecesores.

Tapinos cree que, para conciliar el aumento inevitable de las corrientes migratorias y la voluntad de mantenerlas a un nivel aceptable para los países de acogida, la solución podría encontrarse en la elaboración de una política migratoria común de los estados de la Unión Europea:«que definiría un ritmo de entradas conforme a las preferencias colectivas de los países de acogida. El éxito de tal política está vinculado a dos condiciones estrictas: Es necesario para empezar que esta política resulte del compromiso político de los ciudadanos, a través de las instituciones representativas, y que no se reduzca a una gestión administrativa de control de entradas»(Tapinos 1992: 39-40). Ninguna de estas dos condiciones, en mi opinión, están cercanas a cumplirse; menos aún en los momentos de crisis y recesión económica que padece el Norte.

Es cierto que a Occidente le preocupa la «invasión»que los sureños pueden llevar a cabo en el Norte; sin embargo, su miopía no es casual. Olvida que millones de refugiados –por tanto, inmigrantes– salen de sus países diariamente, dentro del Sur. Si en Europa se cuentan por miles, en África es por decenas de millones. No en vano, en Europa el estatuto del refugiado se concede a individuos concretos y da derecho a la entrada en un país en el que se ofrece y concede acogida y estancia definitivas; es una situación transitoria de emigración que permite escapar de un peligro y encontrar un lugar más seguro para vivir.

Nada tiene esto que ver con lo que J.-C. Rufin (1993: 68-74) llama el «estatuto tropical del refugiado». A saber, en el Sur, el concepto de refugiado no se aplica a individuos, sino a naciones enteras; por ello, la obtención del estatuto de refugiado es esencialmente haber cruzado una frontera. Tiene como característica que en él no existe un país de acogida definitiva; es, además, una situación que se prolonga indefinidamente, pero sin esperanza de regresar.

Ahora bien, en multitud de ocasiones se aplica el concepto de «no expulsión»: es el nivel cero del derecho de asilo: el emigrante no es expulsado, pero tampoco obtiene reconocimiento de refugiado (en las islas de Indonesia, Malasia, las sabanas de África y montañas de Asia viven millones de personas, testigos de esta situación; la única ayuda humanitaria que reciben, a veces, es alguna comida y ropa). No hacen nada, pero tampoco se mezclan con los autóctonos y no pueden regresar a sus países (aunque allí tampoco tendrían garantías de vivir mejor). En verdad, ciertamente se han convertido en valederos para los países de acogida, pues son éstos los que obtienen cuantiosas ayudas, desde la comunidad internacional. Estamos asistiendo a la generalización en el Tercer Mundo del modelo palestino.

Resumiendo, paulatinamente estamos asistiendo a una nueva imagen del Sur, estructurada en una oposición binaria respecto al Norte. Las terrae incognitae han traído un primer enfrentamiento: el de lo conocido (el Norte) y lo desconocido (el Sur). También la demografía señala un punto de contraste, entre los pueblos que han dejado de crecer (el Norte) y los innumerables (los del Sur). Por último, los archipiélagos de la miseriailustran el enfrentamiento entre los sedentarios (el Norte) y los nómadas y refugiados (el Sur).

NORTESUR
Lo conocidoLo desconocido
Estabilidad demográficaLos innumerables
SedentariosNómadas y refugiados

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